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22.6.08 

Y repetimos


Siempre que vuelvo a casa es la misma historia. Espero a que se haga de noche y mi madre se meta en su cama, cierre la puerta y pase entonces suficiente tiempo para que esté dormida, o al menos, para que yo lo crea y pierda así algo de miedo. Entonces me dedico a recorrer una vez más toda la casa minuciosamente, habitación por habitación, mueble por mueble, acariciando las esquinas, descalzo, escuchando de nuevo el sonido que produce el tacto de mis ásperos pies sobre el mármol, como en los veranos anteriores, siempre los veranos. Si es invierno procuro no venir, y si no me queda otra, me escondo en mi cuarto entre las persianas cerradas y me limito a esperar a que mi madre me traiga la comida.

Mi perra ya no está. Ya no se mea en la alfombra del salón, pero ahora da igual por que la tiramos a la basura, apestaba. Los arañazos en las puertas si que no desaparecen, y me temo que se van a quedar por mucho tiempo. Tampoco tenemos aquella vajilla, la de la linea amarilla y azul, con la que aprendí a comer con cuchillo y tenedor cuando vivíamos en aquel minúsculo piso, el que vendimos a los portugueses para venir a esta casa con 3 pisos, mucho más espacio para solo 3 personas y una perrita que estaba por venir. Mi madre dice que tiró la vajilla por que estaba vieja, le habían pasado ya demasiados años y demasiadas comidas, un poco como a ella, solo que ella no envejece, con los años está tomando solera y sobre todo, con todo el espacio que tiene ahora solo para ella está creciendo, creciendo, creciendo. Algo muy grande está germinando de ella y ni siquiera se si tres pisos serán suficientes para albergar lo que un día nos traerá a este mundo. Seguramente será algo muy bonito para un mundo en 3 dimensiones demasiado feas.

Cuando ya he visto todas las habitaciones, o cuando ya no me quedan fuerzas para seguir recordando años y sacar enmohecidas fotos de mi cabeza, me voy con un suspiro a mi habitación, cierro la puerta tras de mi y me tumbo en la cama a contemplar las cuatro paredes que me han contenido durante tantos años. No puedo evitar, o no quiero evitar, recordar todas los cambios que ha sufrido mi habitación desde que nos instalamos aquí, con muebles míos de mis primeros años y alguna que otra estantería vieja de mis primos. Luego vinieron las obras, el diseño que me hicieron de mi cuarto a medida, con ese mueble empotrado de 5 baldas diseñadas para que cupieran todos mis cds de entonces y los que me copiaría mas adelante.

Ahora está todo en Mp3 y las estanterías semi vacías, con toda la música dentro de un frió disco duro que a veces hace brrrr, brrrr, suelta una chispita azul y no funciona durante un par de días. Me alegro por ello, es emocionante que la música que has ido recopilando a lo largo de toda tu vida dependa del humor que tenga cada día un maldito cacharro electrónico. Las videoconsolas al menos siguen en su sitio, en ese mueble invención mía pero diseñado por mi madre, con una repisa para cada nueva generación de consolas y una puerta de cristal que impidiera que se llenaran de polvo.

Y lo consigue, no entra ni una mota de polvo entre mis consolas perfectamente ordenadas y todavía enchufadas, aunque desde que instalamos el mueble no volví a comprarme ninguna videoconsola más. Las baldas que se han quedado vacías se han dedicado a recoger todos esos cargadores de móviles que ya no funcionan, discmans y walkmans estropeados, cables de no se sabe qué cosa, agendas electrónicas con pilas oxidadas y otras máquinas de uso poco claro que ya no funcionan pero en las que se alberga esperanzas de supervivencia.

El resto, el resto no son más que libros y libros. Unos cuantos ordenados, los primeros, aquellos que te marcan, con los que todavía te podías tapar la cabeza y soñar un poco tumbado en la cama. Luego se comienzan a amontonar, ya da igual la forma y el como. Ordenarlos por editorial es más agradable que por autor, pero quedan tantos y tantos libros descolgados que al final están todos aquí, tirados sobre la mesa, dejando un hueco para mi inseparable portátil y albergando, sobre todo los del fondo, una espesa capa de polvo en el borde de las páginas, especialmente ese de Dostoievski, los hermanos Karamazov.

Tal vez sea el polvo de los libros lo que me provoque esta extraña sensación que tengo debajo de la lengua y por encima de la garganta. Extraña siempre que reparo en ella pero familiar siempre que vengo a casa y acabo aquí, tumbado en mi cama, con los ojos cerrados desde hace un buen rato y luchando por que el sueño me domine al fin. Esta primera noche es la más difícil pero luego todo viene rodado...

Tal vez sea el polvo de los libros, pero mucho me temo que lo que me provoca esta extraña sensación que me transportará durante la noche al reino de las pesadillas tiene nombre.

Se llama melancolía.

Cada vez que vuelvo a casa me ocurre igual, sólo que en lugar de tu cuarto azul me espera alguien especial que hace que mi cuarto no sea sólo un recuerdo de años pasados, sino un presente lleno de experiencias que ocupan de forma desigual mis baldas de colores...

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Sobre mi­:

  • I'm Silencio
  • From Spain
  • Dificil escribir algo concreto en un espacio tan pequeño. Una cosa está clara: soy aprendiz de guionista, o estudiante si lo prefieren, pero suena mejor lo primero no me lo nieguen. También estudio "comunicación audiovisual" un nombre impreciso para una carrera poco clara. Este blog nació como una práctica de la facultad y se me fue de las manos. Ahora lo uso para guardar todo lo que me avergüenzo de tener en mi ordenador. No escribo sobre nada en concreto, no soy periódico ni constante con el blog ni con nada de lo que hago, apenas se escribir tres palabras que guarden sentido... ésto es de todo menos un blog. Pero estoy agusto con en él, fíjate qué cosas.
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