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28.7.08 

!Tonc!


Todas las tardes, a las 9, me monto sobre dos horteras zapatillas deportivas, y haciendo gala de esas camisetas que pueblan los fondos olvidado de los armarios y que volvemos a ver cada muchos años con cierta nostalgia, en situaciones como las obras de casa, pintando el garaje o como es este caso, para usarlas de esponja maloliente que absorba toxinas, parto corriendo hacia una playa atestada de humanidad durante el día pero que cuando el sol se prepara para tomar su descanso, queda apolineamente desnuda, esperando a que vuelva a indagar en ella una vez más.

No soy el único que decide correr a estas horas, y desde luego no soy el único que lo hace en esta playa. A los rezagados que aguantan intentando absorber en sus pieles los últimos rayos del sol hay que sumarles otros individuos que no tienen nada mejor que hacer que acompañarme en la campaña de correr, y estropearme así en muchas ocasiones mis estampas favoritas, que pasan a ser compartidas, y en muchos casos, violadas.

No comparto mi ruta, y a quien aparece por ella intento evitarlo a la mayor distancia posible. Si por un casual sigue mi ritmo y acaba por acoplarse a mi rutina, rompo a correr con una aceleración bestial hasta dejarlo suficientemente atrás, o si no, comienzo a descender mi ritmo hasta que por mucho que vuelva a acelerar sea imposible tener un encuentro con el otro corredor. Mi pasión por correr en soledad y evitando cualquier contacto humano consigue enajenarme en un paisaje diferente al que recorro fisicamente, hasta que suceden cosas como las de hoy.

!Tonc! Así suenan dos cabezas al chocar. Tirado en el suelo miré con ojos cargados de odio al causante del accidente, o mejor dicho, al otro causante del accidente. Admito que no tuve miramiento alguno en ocultar o al menos disimular las llamas de enfado que salían de mi mirada y que en poco tiempo acabarían por quemar a ese calvo con bigote que se rascaba su brillante cabeza y que miraba a todas partes como si no comprendiera donde estaba, que hacia y qué había pasado. Viendo su horrible chandal morado estaba claro que había ocurrido.

Tras mirar desconcertado a todas partes como un pichón que cae de una rama, repara en mi figura y sobre todo en mi mirada. Intenta levantarse con los brazos pero desiste, vuelve a mirarme más confuso si cabe y tras dar un respingo comienza a llorar, de golpe, como si le hubiera dado al play de una cinta interna con los llantos que desprendía en su niñez más porculera. Pero algo diferente tenía ese llanto ya que rápidamente me invadió una extraña sensación de compasión y de maternidad, hacia un tipo de unos 30 años, calvo como una bombilla y con un bigote digno de un forzudo de feria. Me levanté, me acerqué frente a el y le tendí la mano a la vez que le ofrecía mi cara más amigable. El tipo me tomó la mano, se impulsó hacia arriba y me abrazó para llorar todavía más en mi hombro. No pude reaccionar de otro modo y me quedé hierático, electrocutado por una desconocida sensación que me surgía del instentino y que se tambaleaba por mis tripas hasta llegar a mi garganta.

Por el extraño mejunje que se estaba formando entre nuestros cuerpos dado el sudor que desprendíamos a raudales, y por los elásticos mocos que vi incrustados en su nariz al separarse él de mí y que se habían mudado a uno de mis hombros, era fácil pensar que la sensación que tenía era simplemente asco. Sin embargo en lugar de reaccionar como acostumbraba ante cualquier fuente que me produjera esa sensación (violencia física, violencia verbal, violencia, violencia, violencia), no pude más que preguntarle: ¿Pero qué te ocurre?

Ante la pregunta el tipo pega un gran bote y comienza a caminar rápida y descompasadamente a mi alrededor, dando vueltas y vueltas, quitándose las lágrimas con los puños y llorando más a causa del sudor que se restregaba en los ojos, murmurando, farfullando algo incomprensible a la vez que su bigote subía y baja rápidamente como un topillo en su madriguera. Finalmente paró de girar a mi alrededor y dijo: Necesito correr, necesito seguir corriendo, no puedo parar, !Necesito correr hasta que esto termine!.

Su bigote se erizó entonces y pude apreciar en su cara el rostro de una persona a la que algo que desconocía y sigo son conocer le había herido profundamente. Algo ante lo que no te queda más opciones que llorar y llorar esperando que las lágrimas saquen poco a poco las partículas de hierro y carbono de esa gran bola de acero que se te incrusta en el pecho y con cuyo peso tienes que cargar a todas partes. Este tipo tenía dos opciones: llorar hasta morir de pena mucho antes de que la bola se hubiera fusionado a liquido gracias a las lágrimas, o correr sin parar, correr sin meta ni esperanza, tan solo acompañado por rios, mares de sudor que va dejando atrás y que poco a poco van vaciando la pesada bola.

No lo volví a ver, la última imagen que tengo del calvo bigotudo es el rió de toxinas que fue dejando tras de sí, pero estoy seguro de que cuando paró sus piernas no le quedaría lágrima alguna que poder hacer caer por su mejilla y con la que humedecer su poblado mostacho.

Tras este inesperado encuentro, dejé inacabado por primera vez un ritual que llevaba practicando más de 5 años de forma ininterrumpida, lloviera, nevara o cayera un meteorito. Me acerqué a la orilla del mar, me quité la camiseta y las zapatillas y me tumbe sobre las finas olas y la arena húmeda, bañado por las olas que consiguen salir lo más lejos posible de su húmedo hogar para acabar desapareciendo y siendo absorbidas de nuevo por su esencia marítima. Las olas no pueden escapar del mar, el calvo bigotudo no podrá escapar de la tristeza, ya que aunque consiga llorar la bola de acero, su cuerpo quedará para siempre marcado por el impacto de ella como si de una bomba nuclear se tratara, cuya radioactividad jamas desaparecerá, y yo, por mucho que siga corriendo, por mucho que me bañe en endorfinas cada vez que llego a casa tras correr y baile con la ducha fría, por mucho que lo siga intentando, jamás podré huir.

De esas expresiones, de los sentimientos, de vivir, de la levedad, de la impotencia, de la culpabilidad, de la ignorancia y la incredulidad, de la insatisfacción, de la melancolía, del encogimiento de hombros, de los anhelos, de los suspiros, del recuerdo bañado en rosas, de la amada ficción, de la insoportable realidad, de las palabras huecas de un trozo de papel, de la incomprensión de la voz humana, de la pudredumbre de nuestras almas riéndose de si mismas, de todo lo que hemos sido, de todo, de absolutamente todo aquello que intento sellar con cemento en el desván de mi mente cada vez que comienzo a correr más y más, aumentando la velocidad, aumentando los kilómetros, enfrentándome con mi cuerpo, maltratándole hasta que sude mi alma gorda y maloliente, hasta que todo quede atrás y llegue a ese punto blanco, donde solo hay unos grandes labios rosados, que me toman entreabiertos y me besan matándome, engulléndome y dejándome prisionero, enredado en una gran melena rizada de mujer, donde no respiro oxigeno si no esa sensación que tenía con 15 años, cuando quedaba por primera vez con una chica guapa, pasaba a recogerla, y ella recién duchada me hacia caminar por aceras de nubes de caramelo, con el aroma de su pelo, con el perfume de la esperanza, incrédula pero entonces tiernamente inocente, dulce esperanza la de entonces.

Sobre mi­:

  • I'm Silencio
  • From Spain
  • Dificil escribir algo concreto en un espacio tan pequeño. Una cosa está clara: soy aprendiz de guionista, o estudiante si lo prefieren, pero suena mejor lo primero no me lo nieguen. También estudio "comunicación audiovisual" un nombre impreciso para una carrera poco clara. Este blog nació como una práctica de la facultad y se me fue de las manos. Ahora lo uso para guardar todo lo que me avergüenzo de tener en mi ordenador. No escribo sobre nada en concreto, no soy periódico ni constante con el blog ni con nada de lo que hago, apenas se escribir tres palabras que guarden sentido... ésto es de todo menos un blog. Pero estoy agusto con en él, fíjate qué cosas.
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