Pistolas
Cuando tenía tres o cuatro años me regalaron una pistola. De juguete claro, ¡pero cómo molaba!. Disparaba flechas de esas que se pegan, de color naranja chillón para no perderlas cuando jugaba en el parque con Titus, mi perro.
Más adelante fueron viniendo nuevos modelos: uzis de agua, bazookas lanzadores de misiles de corcho, una réplica de mágnum comprada en Disneylandia que imitaba las míticas pistolas de los vaqueros más rudos, la pistola para mi videoconsola con la que podía ir disparando a los malos más cómodamente...
Luego vinieron escopetas, lanzagranadas, ametralladoras, pero éstas eran virtuales claro. Eran armas verdaderas pero mataban malos de mentira, que chasco. Aún así era divertido no voy a negarlo. A los zombies le podía reventar la cabeza de un disparo si acercaba lo suficiente la boca del cañón, ¡incluso podía cargarme más de uno de un solo disparo!, pero tenía que andarme con ojo no me pegaran un bocado. Me infectaban y si no me daba tiempo a encontrar una cura acababa convirtiéndome en un descerebrado como ellos.
Pero se hacía aburrido andar siempre matando a tipos, bichos o seres del más allá que no eran capaces de salir de la pantalla. Así que con mis ahorros me compré a escondidas una pistola de aire comprimido. Mis padres después de todo, no veían bien que andara con armas, pero ya me había acostumbrado con el arsenal que fui probando durante mi infancia. Quería más, y cuanto más real mejor.
El tipo de la tienda me dijo que no podía vendérmela por ser menor de edad, pero que si le soltaba 2000 pesetas más haría la vista gorda. No me importó soltar 8000 pesetas, acababa de adquirir una automática, no recuerdo qué modelo, solo que era de color negro, se le metía el cargador de bolas por la culata y que se parecía mucho a una que llevaba James Bond en una película que tenía grabada en vídeo. La escondí en el cajón secreto del armario de mi cuarto, junto a los petardos y las revistas porno. Aunque la verdad, estuvo poco tiempo en ese cajón. La llevaba siempre conmigo cada vez que salía a la calle. En la escuela era lo mejor, todos mis colegas flipaban con mi automática, pero no me atrevía nunca a disparar allí dentro, hacía mucho ruido. James Bond sabía montárselo mucho mejor, él usaba un silenciador. Pero no era problema, nos saltábamos las clases para ir al campo a pegarles tiros a unas latas, o al culo de Manolete cuando se dedicaba a reponer las que ya habían caído. Había días en que tenía a cinco amigos haciendo cola para poder probar que se sentía al disparar con mi automática. Eso sube mucho a uno la autoestima, pero que mucho. El problema es que al final te cansas de disparar a latas oxidadas, y a los animales ni se me ocurre apuntarles, les tengo demasiado aprecio, aunque sean ratones o gorriones. Así que probé a apuntar a personas, y me subía bastante. No se muy bien el qué, si el ego, la euforia, la lívido... pero era una experiencia. Sobre todo cuando apuntaba a la cabeza o al cuello. Lo de disparar a la cabeza de alguien estaba bien, pero ya que tenía el seguro puesto, no servía de mucho. Aun así la imaginación ayudaba mucho, creerme.
Cosas de la vida, destino o mala suerte, pero el caso es que un día salí de casa armado y sin el seguro de la pistola puesto. No se como pudo ocurrir, siempre me aseguraba de tenerlo puesto, no fuera que se me disparase llevándola en los pantalones y que me reventara un huevo. Había quedado con unos amigos pero al ir llegando solo divisé a uno. Una perfecta víctima, distraída, sola. Apunté como de costumbre hacia su cabeza, estaba tan empanado que le pude apuntar a la cara sin que se diera cuenta. Y bang. ¡Coño!, ¡esto se ha disparado!. Se está tapando la cara, no la cara no, un ojo.
Me acerco corriendo. - ¿Pepe estás bien?, dime algo coño. - ¡Ah!, me escuece el ojo. -Quítate la mano del ojo joder, seguro que no tienes nada, estas bolas pican pero no hacen nada. Un hilillo de sangre le iba cayendo por la mejilla y empezaba a gotear sobre la acera. -¡Mierda!, ¡Joder!, ¿ves bien tío? - ¿Eh? Veo rojo con éste ojo, ¿qué coño me has hecho?
Justo entonces llegaron los otros, llamaron un taxi viendo la situación y fuimos directo al hospital. Fue todo muy rápido, tanto que no se que hice con la pistola en los pocos minutos que pasaron desde que disparé hasta que el médico de urgencias nos comunicó que teníamos ingresado el que sería nuestro primer amigo tuerto. A Pepe no le importó demasiado, hasta se alegró. Durante una semana fue el centro de atención en la escuela por su parche en el ojo y eso le sirvió para que se le acercaran más chicas que en los dos trimestres que habíamos cursado. Pero sus padres no tenían la misma opinión. Denunciaron a mis padres y tuvieron que pagar medio millón de pesetas. Mi padre estaba por aquel entonces en paro con el hundimiento de los astilleros y mi madre no ganaba demasiado limpiando una casa a las afueras con dinero negro, así que mi padre tuvo que ir a prisión por impago.
Les supuso una decepción tan grande lo que hice, que me enviaron a un colegio militar, para ver si me "enderezaban como dios manda". La verdad es que me asusté bastante. Siempre he sido un tirillas y tener que ir a clases y encima hacer ejercicio a diario escuchando a un imbécil que no pare de gritar no me hacía mucha gracia. La estancia serían 6 meses, el tiempo que mi padre estaría en la cárcel. A la vuelta el ya me ajustaría las tuercas.
Han pasado ya 4 años y supongo que mi padre ha olvidado ya lo de las tuercas. Los primeros meses lo pasé bastante mal en el colegio. Si bien las clases estaban tiradas en comparación con el instituto, el ejercicio físico al que nos sometían me destrozaba y había días en los que era incapaz de terminar los entrenamientos. Eso suponía castigos como quedarme sin cenar o hacer alguna guardia en calzoncillos -estamos hablando de Enero en una escuela militar de Castilla-. Sin embargo, cuando descubrí lo fácil que lo teníamos para entrar en una buena posición sw infantería y que a los 18 años ya podría estar manejando armas, mi actitud en la escuela cambió bastante. Comencé a terminar todos los entrenamientos y mis compañeros hasta empezaron a respetarme.
Ahora estoy escribiendo todo esto, y no se muy bien por qué. Supongo que al llegar la noche necesito hablar con alguien. Mis compañeros, tras llevarnos todo el día registrando casas y pateando culos irakíes, solo quieren dormir o buscarse alguna puta a la que tirarse. Así que me consuelo escribiéndome recuerdos a mí mismo, no tengo a nadie más a quien escribir la verdad.
Aquí en Irak he podido por fin usar armas de verdad contra personas reales y saber qué es lo que se siente al herir a alguien, y lo que es mejor, qué se siente al matarlo. No he matado a muchos, es verdad, pero la experiencia ha valido realmente la pena. Me gustaría escribir a papá y mamá para contárselo, pero llevo sin saber nada de ellos 4 años, desde que ingresé en el colegio militar.
Cuando tenía que volverme a casa me negué. Me daba miedo que mi padre me diera una paliza o algo peor, así que pedí becas al estado que me fueron dando sin ningún problema ya que mi padre siguió en el paro. Al principio insistieron para que volviera. Me mandaron varias cartas y me llamaban por teléfono, aunque nunca vinieron a buscarme a Castilla la verdad. Pero cuando vieron que pedí la primera beca, se olvidaron de mí.
Tal vez estas hojas se las envié por correo. Puede que un día me maten en ésta guerra. Ya han muerto dos de mis compañeros, Miguel y Jaime, aunque me da igual, no me caían muy bien la verdad. Como casi todos por aquí. Pero supongo que si la casco les interesará a mis padres saber donde me había metido.
Se escuchan disparos y unos gritos cerca del campamento. Voy a echar un ojo, no pinta nada bien.
Por si finalmente decido mandaros esto. O por si alguien lo encuentra en caso de que muera y lo quiere enviar:
Gracias papá, gracias mamá.
La academia militar fue la mejor idea que pudisteis tomar. Y lo siento por lo del ojo de Pepe de veras, pero son cosas que pasan. No era para ponerse así. Al fin y al cabo, en la cárcel papá tenía de todo, comida y alojamiento. Más dinero para mamá y para mí. Casi os hice un favor tal como estaban las cosas. Pero preferisteis gastar el dinero que sobrara en la escuela militar. Y muy bien que lo hicisteis.
No me cansaré de agradecéroslo.
Muchísimas gracias.







Tengo un amigo que me invitó el año pasado a escribir un libro con él y con dos amigas más. Más que escribir un libro de forma conjunta, se trata de una compilación de textos personales de cada uno, intercalados por dibujos, recuerdos, recortes o lo que consideremos importante. Todo al libre criterio de cada uno de nosotros. Así se fundamenta un libro que no aspira a más que a ser un recuerdo de 4 compañeros de clase, que en opinión de mi amigo -vamos a llamarle a partir de ahora Ezequiel, nombre ficticio y feo de cojones- retrata a cuatro engendros sociales que sobreviven a la podrida mediocridad actual como pueden, plasmando en sus relatos como plantan cara a una vida que no puede llevar ese nombre.

