23.4.08 

Pistolas


Cuando tenía tres o cuatro años me regalaron una pistola. De juguete claro, ¡pero cómo molaba!. Disparaba flechas de esas que se pegan, de color naranja chillón para no perderlas cuando jugaba en el parque con Titus, mi perro.

Más adelante fueron viniendo nuevos modelos: uzis de agua, bazookas lanzadores de misiles de corcho, una réplica de mágnum comprada en Disneylandia que imitaba las míticas pistolas de los vaqueros más rudos, la pistola para mi videoconsola con la que podía ir disparando a los malos más cómodamente...

Luego vinieron escopetas, lanzagranadas, ametralladoras, pero éstas eran virtuales claro. Eran armas verdaderas pero mataban malos de mentira, que chasco. Aún así era divertido no voy a negarlo. A los zombies le podía reventar la cabeza de un disparo si acercaba lo suficiente la boca del cañón, ¡incluso podía cargarme más de uno de un solo disparo!, pero tenía que andarme con ojo no me pegaran un bocado. Me infectaban y si no me daba tiempo a encontrar una cura acababa convirtiéndome en un descerebrado como ellos.

Pero se hacía aburrido andar siempre matando a tipos, bichos o seres del más allá que no eran capaces de salir de la pantalla. Así que con mis ahorros me compré a escondidas una pistola de aire comprimido. Mis padres después de todo, no veían bien que andara con armas, pero ya me había acostumbrado con el arsenal que fui probando durante mi infancia. Quería más, y cuanto más real mejor.

El tipo de la tienda me dijo que no podía vendérmela por ser menor de edad, pero que si le soltaba 2000 pesetas más haría la vista gorda. No me importó soltar 8000 pesetas, acababa de adquirir una automática, no recuerdo qué modelo, solo que era de color negro, se le metía el cargador de bolas por la culata y que se parecía mucho a una que llevaba James Bond en una película que tenía grabada en vídeo. La escondí en el cajón secreto del armario de mi cuarto, junto a los petardos y las revistas porno. Aunque la verdad, estuvo poco tiempo en ese cajón. La llevaba siempre conmigo cada vez que salía a la calle. En la escuela era lo mejor, todos mis colegas flipaban con mi automática, pero no me atrevía nunca a disparar allí dentro, hacía mucho ruido. James Bond sabía montárselo mucho mejor, él usaba un silenciador. Pero no era problema, nos saltábamos las clases para ir al campo a pegarles tiros a unas latas, o al culo de Manolete cuando se dedicaba a reponer las que ya habían caído. Había días en que tenía a cinco amigos haciendo cola para poder probar que se sentía al disparar con mi automática. Eso sube mucho a uno la autoestima, pero que mucho. El problema es que al final te cansas de disparar a latas oxidadas, y a los animales ni se me ocurre apuntarles, les tengo demasiado aprecio, aunque sean ratones o gorriones. Así que probé a apuntar a personas, y me subía bastante. No se muy bien el qué, si el ego, la euforia, la lívido... pero era una experiencia. Sobre todo cuando apuntaba a la cabeza o al cuello. Lo de disparar a la cabeza de alguien estaba bien, pero ya que tenía el seguro puesto, no servía de mucho. Aun así la imaginación ayudaba mucho, creerme.

Cosas de la vida, destino o mala suerte, pero el caso es que un día salí de casa armado y sin el seguro de la pistola puesto. No se como pudo ocurrir, siempre me aseguraba de tenerlo puesto, no fuera que se me disparase llevándola en los pantalones y que me reventara un huevo. Había quedado con unos amigos pero al ir llegando solo divisé a uno. Una perfecta víctima, distraída, sola. Apunté como de costumbre hacia su cabeza, estaba tan empanado que le pude apuntar a la cara sin que se diera cuenta. Y bang. ¡Coño!, ¡esto se ha disparado!. Se está tapando la cara, no la cara no, un ojo.

Me acerco corriendo. - ¿Pepe estás bien?, dime algo coño. - ¡Ah!, me escuece el ojo. -Quítate la mano del ojo joder, seguro que no tienes nada, estas bolas pican pero no hacen nada. Un hilillo de sangre le iba cayendo por la mejilla y empezaba a gotear sobre la acera. -¡Mierda!, ¡Joder!, ¿ves bien tío? - ¿Eh? Veo rojo con éste ojo, ¿qué coño me has hecho?

Justo entonces llegaron los otros, llamaron un taxi viendo la situación y fuimos directo al hospital. Fue todo muy rápido, tanto que no se que hice con la pistola en los pocos minutos que pasaron desde que disparé hasta que el médico de urgencias nos comunicó que teníamos ingresado el que sería nuestro primer amigo tuerto. A Pepe no le importó demasiado, hasta se alegró. Durante una semana fue el centro de atención en la escuela por su parche en el ojo y eso le sirvió para que se le acercaran más chicas que en los dos trimestres que habíamos cursado. Pero sus padres no tenían la misma opinión. Denunciaron a mis padres y tuvieron que pagar medio millón de pesetas. Mi padre estaba por aquel entonces en paro con el hundimiento de los astilleros y mi madre no ganaba demasiado limpiando una casa a las afueras con dinero negro, así que mi padre tuvo que ir a prisión por impago.

Les supuso una decepción tan grande lo que hice, que me enviaron a un colegio militar, para ver si me "enderezaban como dios manda". La verdad es que me asusté bastante. Siempre he sido un tirillas y tener que ir a clases y encima hacer ejercicio a diario escuchando a un imbécil que no pare de gritar no me hacía mucha gracia. La estancia serían 6 meses, el tiempo que mi padre estaría en la cárcel. A la vuelta el ya me ajustaría las tuercas.

Han pasado ya 4 años y supongo que mi padre ha olvidado ya lo de las tuercas. Los primeros meses lo pasé bastante mal en el colegio. Si bien las clases estaban tiradas en comparación con el instituto, el ejercicio físico al que nos sometían me destrozaba y había días en los que era incapaz de terminar los entrenamientos. Eso suponía castigos como quedarme sin cenar o hacer alguna guardia en calzoncillos -estamos hablando de Enero en una escuela militar de Castilla-. Sin embargo, cuando descubrí lo fácil que lo teníamos para entrar en una buena posición sw infantería y que a los 18 años ya podría estar manejando armas, mi actitud en la escuela cambió bastante. Comencé a terminar todos los entrenamientos y mis compañeros hasta empezaron a respetarme.

Ahora estoy escribiendo todo esto, y no se muy bien por qué. Supongo que al llegar la noche necesito hablar con alguien. Mis compañeros, tras llevarnos todo el día registrando casas y pateando culos irakíes, solo quieren dormir o buscarse alguna puta a la que tirarse. Así que me consuelo escribiéndome recuerdos a mí mismo, no tengo a nadie más a quien escribir la verdad.

Aquí en Irak he podido por fin usar armas de verdad contra personas reales y saber qué es lo que se siente al herir a alguien, y lo que es mejor, qué se siente al matarlo. No he matado a muchos, es verdad, pero la experiencia ha valido realmente la pena. Me gustaría escribir a papá y mamá para contárselo, pero llevo sin saber nada de ellos 4 años, desde que ingresé en el colegio militar.

Cuando tenía que volverme a casa me negué. Me daba miedo que mi padre me diera una paliza o algo peor, así que pedí becas al estado que me fueron dando sin ningún problema ya que mi padre siguió en el paro. Al principio insistieron para que volviera. Me mandaron varias cartas y me llamaban por teléfono, aunque nunca vinieron a buscarme a Castilla la verdad. Pero cuando vieron que pedí la primera beca, se olvidaron de mí.

Tal vez estas hojas se las envié por correo. Puede que un día me maten en ésta guerra. Ya han muerto dos de mis compañeros, Miguel y Jaime, aunque me da igual, no me caían muy bien la verdad. Como casi todos por aquí. Pero supongo que si la casco les interesará a mis padres saber donde me había metido.

Se escuchan disparos y unos gritos cerca del campamento. Voy a echar un ojo, no pinta nada bien.

Por si finalmente decido mandaros esto. O por si alguien lo encuentra en caso de que muera y lo quiere enviar:

Gracias papá, gracias mamá.

La academia militar fue la mejor idea que pudisteis tomar. Y lo siento por lo del ojo de Pepe de veras, pero son cosas que pasan. No era para ponerse así. Al fin y al cabo, en la cárcel papá tenía de todo, comida y alojamiento. Más dinero para mamá y para mí. Casi os hice un favor tal como estaban las cosas. Pero preferisteis gastar el dinero que sobrara en la escuela militar. Y muy bien que lo hicisteis.

No me cansaré de agradecéroslo.

Muchísimas gracias.


22.4.08 

Saca la cabeza

Siempre me han gustado las cosas pequeñas. Parece la frase de un estúpido anuncio de compresas o de una aseguradora, pero mi vida se remonta a antes de que apareciera esta “lograda” publicidad, devoción y amor de los grandes empresarios por las personas de a pie, osease, a las que nos consideran pequeñas y en consecuencia, las que disfrutamos de las pequeñas cosas. Como si un mendigo no aspirara a tener un un garaje con 3 porches, un par de todoterrenos y un yate amarrado en el lago de al lado. No hombre… la gente humilde quiere una vida humilde, pequeños detalles, algún caprichín anecdotico que darse en las pocas fechas marcadas en rojo de su calendario… soplapoyeces, otro falso dogma que nos intentan colar para que seamos felices con lo que tenemos. Ojo, ya se que no vamos a ser más felices con nuestro garaje lleno de porches pero oye, nadie le hace asco a tener más de lo que tiene y más y más… hasta el día que la diñemos. Y el que me diga que no, o es budista o un mentiroso. Y los budistas no entienden el castellano, o al menos muy pocos, por lo que usted es un mentiroso. Si ya, que es budista pero reside aquí en España. Mira, eso no es ser budista, eso es una mierda. Si quieres ser budista vete a la india. Si no es como ser anarquista en España cobrando todos los meses el paro. Ilogicismo nato o ser un simple gilipoyas, no se que es peor, pero todos entramos en uno de los dos sacos.

En mi caso creo que me decanto por el ilogicismo, hay que ser memo para querer cosas pequeñas con todo un mundo de grandes trastos, chismes, cachibaches, sensaciones, placeres y toneladas de humo -invisible y mediático o bien visible pero cancerígeno- que hay a nuestro alcance, pero soy así, que le vamos a hacer. Si voy al supermercado compro los botes pequeños de maíz, los tarritos “mini” de nocilla, paquetitos de nueces !no una bolsa! y el queso fresco en pequeños rectángulos más atractivos y más caros que un buen pedazo de queso. Será que como poco y luego se me llena todo de hongos y bacterias, de forma que acaba la comida en la basura sin apenas haber consumido la mitad de nada. Las lonchas de queso pasan de amarillo a verde, el pan bimbo se decora con lunares azulados, el tomate frito me hace giñar algo que se torna del mismo tono que la salsa de tomate solo que más picante y causando de escozor. Una delicia vamos. Por eso siempre compro pequeñas barras de pan, un poco de todo pero nunca mucho de nada, al final algo me acaba sobrando y acaba en la basura. Me deprime tirar las cosas a la basura, hasta los envases vacíos. Será por que no estoy acostumbrado a nada y cuando cualquier cosa -cualquiera-, comienza a estar varios días en mi entorno habitual, me encariño y pasa lo que pasa. El día que mi madre tiró la primera vajilla que recuerdo desde mi infancia, sentí que me quitaban parte de mi hogar, recuerdos, sentimientos y hasta un poco de mí. Esa vajilla ha sido la que me ha dado mi altura, las pocas luces que me quedan y continuas manchas en la ropa. Los envases de yogurt los suelo guardar, sobre todo cuando les cambian el diseño. ¿Cómo se les ocurre? Me acostumbré a unas formas, unos colores, una marca y un nombre. Le fui fiel en cada compra, como si de una novia se tratara y de repente le hacen un horroroso lifting, muchas veces meramente estético -cuando cambia el contenido es una hecatombe- pero es que… ¿a quién le gustaría que su novia cambiase de aspecto cada dos años? que si, que puede que esté más buena, tenga más tetas y unos labios con los que te la va a chupar mejor, pero yo me enamoré de la que era flacucha, sin pechos, tuerta y que le faltaba una ceja, dejármela tal cual está, es la que yo elegí ¿vale?, o al menos preguntármelo antes joder. Luego está el asunto este de la tecnología, ahora ya no puedo encontrar televisores con culo, con los recuerdo que tengo y los diskettes no son aptos. Poco a poco me fui acostumbrando al CD y ahora están con el DVD y el HD DVD. ¿Pero qué cojones es esto? No quiero que nada cambie, !para la industria!, !para el tiempo!. Limitémonos a vivir y dejemos de crear más y más trastos inútiles, de jubilar aquello que nos acompañó. Lo hacemos con nuestros abuelos, lo hacemos con nuestros productos, dentro de poco lo haremos con nosotros mismos. Jubilaremos nuestra vida y a empezar una nueva, cada pocos años, nada será estable, <<¿qué amigos? ¿qué novia? ¿una familia? … espera que mire en mi agenda generacional… los González dices ¿no?… eh… si, viví con ellos hace 4 generaciones, un poco sosetes la verdad, no aguanté mucho… si quieres te hablo de los Rodriguez, mi actual familia, papá es productor de porno y mamá lo conoció en el trabajo>>.

Si, me enamoro de los tetabrick de leche y de todo lo pequeño, adaptable a mi persona. Esto me ha afectado profundamente en toda mi vida y mis actividades o pormenores. Mi cuarto es un sinfín de libros, discos y películas perfectamente ordenado s en líneas rectas donde nada sobresale, nada destaca y todo fluye en una serie de líneas rectas horizontales. Libros pequeños, de bolsillo, relatos cortos, poemas minúsculos, Haiukus… ediciones normales de películas, ninguna que se salga del tamaño estandar de una caja de DVD. Todo esto ha marcado mi carácter y no solo al hacer la compra. Prefiero las pequeñas personas, de pocas palabras, a las que no hay que ver más que para no perder el contacto existente, con las que sobran todos los preliminares sociales, ahorrámos en normas y protocolo para ir a lo que nos interesa: drogarnos los unos de los otros y muchas veces con otros, saciar ese ímpetu social del humano, esa necesidad que en el fondo es inhumana, tal como un yonki busca picarse tras mucho tiempo, el ponernos delante de la estrada y soltar nuestro discurso, que lean nuestro panfleto y todos asientan a la vez con la cabeza, al son de nuestra batuta, tal como deseamos y esperamos. Muchas veces no es así y en consecuencia tiramos de nosotros como una cuerda de una peonza y seguimos rodando y rodando hasta dar con el teatro que tenga a nuestro público adecuado, o al menos con una grada que nos siga atentamente. Aunque sean los que ni pagan por vernos, nos conformamos con los pillos que están escondidos en los techos, que se han colado por la puerta de atrás. Todo vale para saciar esa necesidad inhumana de aceptación y explosión de fervor social.

Todo lo que hago, lo que produzco, ingiero, respiro, aspiro, necesito, olvido, vomito y predico, suelen ser también pequeñas cosas, instantes o momentos. En efecto, no es natural, esa aspiración a más ¿donde está? se me perdió el anhelo por el camino, se lo tragó el vater junto a mis heces… no lo sé. Como poco y cago menos, cada vez respiran menos mis gastados pulmones, olvido cada vez más cosas pero su valor es más y más pequeño, casi insignificante, prácticamente todo lo que cayó en el olvido merece ser olvidado y si no, ya volverá, hacedme caso. Comencé aspirando a mucho, a todo, ahora cada vez sueño con poder sobrevivir tal como llegué, no cagarla y tropezar con las primeras piedras del camino. Muchas veces voy con los cordones atados, otras con gafas de sol en plena noche, demasiado tarumba como para saber a donde me dirijo, pensando en el final del trayecto cuando aún ando por el comienzo de la salida… mal vamos, si señor, mal vamos. Leo libros mirando las hojas, viendo cuanto queda para el final y calculando el tiempo necesario para comenzar la siguiente obra, en la que a su vez crearé un mapa temporal para situar el siguiente volumen. No voy al cine, no soporto no poder para las películas para comprobar el tiempo restante, para situarme en el día y planificar que haré después, horas y minutos delimitados concisamente, estrictamente para no perderme en mi vida. El resultado es devastador, al final no sé ni que hago y muchas veces ni por qué, todo se convierte en un transito para todo lo demás, cualquier actividad o proceso pierde su sentido y su lógica, el placer se fue corriendo hace años, huyendo de mí, atemorizado, y todavía no ha parado ni a tomar un poco de aire. Tuvo que ser muy feo lo que vio en mí.

Ahora tengo novia y nos acostamos como millones de parejas. Al principio iba bien la cosa, nos metíamos en el catre y a darle al asunto sin parar, auspiciados por ingentes cantidades de hachís que promovían el coito y el remozo entre las sábanas de forma constante. Ha ido pasando el tiempo y últimamente mi deseo por follarla, por penetrarla, se ha marchado. Se fue corriendo tras el placer y creo que ya le ha sacado bastante ventaja. Hay momentos en que símplemente, no me interesa meterla en caliente. Ya se el final de la película, lo que va a ocurrir y todas las escenas, los momentos culminantes, los puntos de giro, donde están las curvas más atractivas y cual es la zona erogena que hace saltar exaltadas chispas, babas agrias, exhalaciones violentas… Momentos íntimos y calientes, humo de deseo, niebla de éxtasis, no se ve apenas pero se intuye todo, pero todo… ¿se ha acabado?.

Mi sexólogo dice que tengo una disfunción en los neurotransmisores a los que envía información mi pene y bueno, todas las partes de mi cuerpo que son capaces de captar algo que me ponga burro, ya sea mirar un par de berzas o sentir el roce de un culo entre los dedos de mi mano. Se envía una brutal cantidad de información hacia mi cerebro, hacía un trocito concreto de materia gris abarrotado de pliegues, como si fuera la frente de un viejo hinchado y lo que ocurre, es que se desborda, no puede con todo, es demasiado para mi mente. En otras palabras, con poca cosa que me excite me pongo bestialmente cachondo, se me pone tiesa como una viga de acero. Mi cuerpo me pide que vaya al ataque, que deje todo lo que estaba haciendo y penetre a la chica que me haya llamado la atención. Como tristemente hoy día es muy dificil poder satisfacer todos nuestros deseos sexuales, me voy reprimiendo y los calentones se van pasando, uno tras otro… y mi organismo se va habituando a estar muy caliente y a enfriarse prontito ya que no hay posibilidades de meterla donde le gustaría. Ahora que tengo todas las noches conejo para cenar, toda esta experiencia previa ha derivado en dos problemas: por un lado me sigo poniendo brutalmente cachondo, tengo un gran nardo que darle a mi chica y con el que disfruta de lo lindo pero… por tiempo limitado. La costumbre de irme inhibiendo ante todas las tías que no me he podido tirar han echo que mi poya dura no aguante demasiado… o concretamente, que no aguante más de un polvo. En el segundo y sucesivos mete sacas le cuesta bastante a mi amiga ponerse seria en el trabajo, se relaja, se desparrama, es incapaz de no estar tumbada… no tiene ganas de hacer nada de nada, parece que se ha fumado un par de porros. Para colmo, en el único trabajo que hace en condiciones -el primer polvo-, dado que me excito tanto, me pongo tan macho, bruto, animal, bestial… que acabo siendo precoz. No soy capaz de aguantar lo que llevo entre manos. Aguanto un rato con el asunto, pero mi potra cabalga demasiado bien, tiene unas curvas demasiado bellas y mi pito no puede aguantar piar en menos de 10 minutos… los días que hay suerte. Luego se queda tan flácida, exenuada y agotada, como si hubiera hecho un trabajo de horas…

Hasta en mi vida sexual se han impuesto las cosas pequeñitas, chiquititas -aunque no por mi pito, al menos en eso no me falla- y sobre todo cortas. Algo más que sumar a las novelas cortas, relatitos, poemitas, trailers en lugar que películas, rápidas imágenes en definitiva… todo tan instantáneo que hasta el colacao se deshace en estos días al momento y ahora también mi pito. No me asombra ni me sorprende, viéndome a mi, mi vida y el microcosmos por el que me muevo, hasta es normal que ocurra algo así. No le hecho de ello las culpas a nadie, al fin y al cabo es mía, pero si ya de joven me masturbaba deprisa para poder seguir mi partida al Zelda, un resultado como este era de esperar.

Ahora no se que hacer, mi novia se deprime. Las cosas no le van muy bien últimamente y su único medio para olvidar los problemas y relajarse un poco, día tras día está siendo más corto y menos productivo. Hace un año no nos pasaba esto, también hace un año me emocionaba al verle un pezón. Hoy día me conozco su cavidad vaginal al dedillo -nunca mejor dicho- y su culo ya está en fase de exploración y documentación. Tal vez sea esa la razón de la falta de mi estímulo, que casi hace que mi picha se meta para dentro, saque la bandera blanca y se suene los mocos de esa forma que solo saben hacer los jubilados y los abueletes… con sentimiento de derrota, de ya no dar para más… viví, cumplí y vi todo lo que se me podía ofrecer. Ya me he aburrido, no hay nada más que me pueda dar la vida ¿o si?. Bisexualidad, animales, necrofilia… necesito buscar mi impulso, encontrar la parada de autobús donde me dejé olvidada la pasión tras mi último viaje sexual. Tal vez no sea ella, es verdad que no es mi tipo. No es una chica suicida, no toma prozac, no aspirar a nada más que crear algo bonito y que perdure para morir luego, ante de los 30 si puede ser… Es verdad que no es blanca como el mármol y que no lleva rímel hasta no dejar ver sus ojos… Cierto es que no se la puede confundir con una muñeca de porcelana, que no tiene un flequillo que solo muestre unos melancólicos y románticos ojos negros, que no tiene una constitución de yonki anoréxica… que no odia en lugar de amar, que no ama por intentar sobrevivir y que vive para amar y no por sobrevivir… Es verdad que es la antítesis de lo que sería mi conejo ideal. Pero tiene algo… es difícil de definir. No es su belleza, no es su inteligencia aunque le abunde y la desborde… ni sus rizos en los que puedes entrar, penetrando en su aroma, su esencia y sentirte poco a poco más y más embriagado por su emanación… tampoco son sus gruesos y lascivos labios, que incitan a la lujuria más sana y placentera… ni sus otros labios, perfectos, absorbentes como una chupona, que te abrasan y te sustraen lo más hondo de ti… no es nada de eso. Simplemente es esa forma con la que me mira, ese brillo en los ojos, la sonrisa que no puede evitar. ¿Será eso estar enamorado? ¿Será que yo no estoy enamorado? ¿Nunca me enamoré? o… ¿enamorarme por siempre es algo que mi alma no concibe, de lo que rehusa anhelando algo más grande, más fuerte, mejor y más placentero…? un sinrazón que me va a acabar llevando a desterrarme en la locura.

No tengo la respuesta. Se que la quiero, la quiero más que a nadie, ha superado a los pesos pesados, a aquellas chicas fantasma que me acosaron en sueños y me torturaron en vida, ha escalado hasta lo más alto de ese extraño raking rosado, bañado en colonía y en el que llueven pétalos. Pero creo que incluso así, mi amor puede ser escaso para ella… y mi picha flácida, una muestra poco clara del sentimiento, una muestra nada afable para una chica inmersa en la pasión… Vale, lo admito. Soy un adicto de lo pequeño, lo chiquitino, pequeñas raciones, pequeños momentos, pocos minutos o mejor solamente unos segundos. Que todo vaya rápido y si es instantáneo, mejor que mejor. Tal vez el día a día, 24 horas durante 365 días con ella, aunque sea la perfección, puedan ofuscarme en esconder la cabeza en algún momento. No estoy hecho para el contacto constante con los demás durante tanto tiempo. O si lo estoy, pero nunca lo he comprobado y ahora que estoy lo más cerca de algo así… me desinflo, me apetece volar. Necesito porciones de soledad, mi dosis… no diaria, pero si constante, a veces más tiempo, a veces en ayunas… necesito conservar ese trocito de mi persona, con ella también, si no comienzan a ocurrir estas cosas… como mi vecino de abajo, incapaz de levantar cabeza aunque tenga unos labios húmedos y babeántes pidiéndole una ración de… de algo demasiado glorioso como para definirlo ahora con palabras, si no lo han probado, lo siento, este no es el momento ni el lugar.

Ella me ha cambiado, y mucho, pero densamente me temo que este epígrafe de mi alma es inamovible, algo con lo que tendremos que aprender a convivir si queremos que todo salga adelante, que nuestra relación saque cabeza, y mi poya también.

Y si, creo que es posible. Es un alma que vale demasiado como para dejarla escapar por los hoyos que han perforado la mía.

 

Saliendo en busqueda de algo


Todo comenzó por teléfono, maldito aparato. No solo nos estropea la voz, la distorsiona y elimina así como si nada nosecuantas hondas que supuestamente no apreciamos, que nuestro cerebro no repara. ¿Entonces por qué me dan tanto miedo las voces por teléfono? ¿Por qué creo hablar siempre con alguien a quién le han mutilado parte de su alma? No me gustan los teléfonos. Además de hacer las voces bonitas feas y las feas aún más horribles, suelen ser el mayor soporte de malas noticias que haya existido nunca.

Mi novia es una adicta al móvil, aparte de eso no tiene muchos defectos la verdad. Apenas bebe, no fuma, saca notas excelentes y sabe echarte un polvo, sin embargo todos tenemos una adicción y en su caso es el móvil -en el mío internet, que lo veo más útil-. No hay día que no use el teléfono mínimo una hora y media. Solo hablando conmigo hay días que sobrepasamos la hora -y mi cupo diario de teléfono está mas que desbordado-, pero tiene la suerte de tener muchos amigos que comparten la misma adicción, necesidad de conocimiento instantáneo y constante de que hacen todos los demás, información innecesaria que lleva a las actuales situaciones de quedar a tomar un café y no saber siquiera de que hablar.

Extrañamente llevabamos varios días sin hablar por teléfono (vivimos en ciudades diferentes) así que me animé a usar el maldito cacharro para llevarme la desagradable sorpresa de ser autor de uno de sus mayores cabreos. Llevaba días esperando mi llamada, quería comprobar si reálmente me interesaba por ella, si me dignaría a llamarla por teléfono y no ser mero receptor de sus llamadas y de sus monólogos cortados por alguna afirmación, un “vale”, “si”, “ajam”. Como si el amor se midiera por llamadas telefónicas, como si no te pudiera tener cada segundo en mi cabeza sin tener la necesidad de usar el maldito invento.

No le acepté la recriminación y comenzamos una de las millones de peleas que tienen lugar por teléfono, jodido cacharro, y es que el hablarle a una voz fea y distorsionada y no tener unos ojos a los que que mirar ayuda mucho a sacar lo peor de nosotros mismos, a envalentarnos e intentar aplastar al otro con nuestra voz. No quise seguir la batalla, le hice constar mi opinión sobre el tema y cerré la discusión. Ya se le pasaría el disgusto, siendo la fecha que era poco faltaba para que volviera a visitarle la menstruación, con las peligrosas hormonizaciones previas que sufre su cuerpo.

Pero pasaron los días y nadie cedía, cada nueva conversación dejaba pequeña la discusión que habíamos tenido anteriormente y la crispación y el odio se manifestaban constantemente con el débil sonido de nuestra respiración codificada, como si de un par de bestias nos tratáramos. Fue algo que me decepcionó profundamente, me deprimió y me hizo ensimismarme. Pasaba horas preguntándome si realmente hacía algo mal, si no era consciente de su sensibilidad y de su amor hacia mi persona. Tal vez era ese tipo duro que ella comenzaba a odiar, un corazón de piedra que no sabía complacer los dulces sueños de una dama enamorada. Pero por mucho que intentaba comprenderlo, lo único que conseguí fue crearme una venda alrededor de mis ojos que si bien no me impedía ver del todo, solo me mostraba lo cruel y horripilante que era ella, la inmediatez con la que ella debía de tomar el coche, presentarse en mi casa y suplicarme de rodillas perdón. Pero no ocurrió, y mi venda, cada día mas negra, solo me permitía ver a un ser que me propugnaba deseos de salir de casa, correr, huir a no se donde y olvidarlo todo.

Y así hice, aunque antes me quité la venda, no iba a permitir que mi salida estuviera enmarañada por su recuerdo y lo que producía en mi persona.

Estuve bebiendo hasta tarde en casa, a intervalos. Mientras habituaba mi estómago al ron que me acababa de tomar y dejaba que el hielo se derritiera un poco en la siguiente copa, intentaba teclear algo de interés. Poesía sin formas, escritura automática, sacar la voz del alma… todas esas mariconadas de nombres con los que describimos lo que no sabemos justificar, textos de cobardes sin talento que tenemos que enmarcar en algún lado, el contexto adecuado, todo para que no huelan mal del todo y con un poco de suerte, sean aceptados por los demás… y hasta por nosotros mismos.

5 Copas más tarde, 980 plábaras que a partir del cuarto ron mutaron de basura a poesía y el nuevo disco de Nine Inch Nails ingerido, decidí pisar un poco de asfalto, acercarme a algún lugar donde pudiera olvidar mi pena, o tal vez mi orgullo, no se ya si mi decepción, o la aceptación de en que se acaban convirtiendo todos… menos yo claro, faltaría más.

Botella en mano decidí acercarme a uno de los tugurios que más gente conseguía reunir hasta altas horas de la noche: “Low club”, o lo que es lo mismo: unos inmensos sótanos que bien pudieran haber pasado hace siglos por catacumbas para eminencias reales. Me aguardaba una larga cola, pero aunque muchos lo nieguen, las salidas nocturnas en soledad son las más fructíferas. No me costó mucho colarme hacia las primeras posiciones de la cola, acompañado por un temple y fachada de seguridad y conocimiento de saber lo que hacía que a nadie pareció extrañarle que tuviera algo pendiente más adelante, que alguien me aguardaría… hasta esconderme tras un pequeño grupo de personas. Amenas conversaciones con borrachos sobre lo que supone una cola y contra de un par de sinvergüenzas que poco después se intentaron colarse delante de nosotros, toda una muestra de falta de respeto por el orden y el civismo.

Al entrar me obligaron a dejar fuera a mi botella de Ron, no le quedaba mucho que ofrecerme pero la aparqué en una esquina, anhelando recuperarla después pero sabiendo que pronto desaparecería. Tras sufrir un atraco de 15 euros con la entrada, pude sumergirme por unas angostas y dobladas escaleras -creo que por efecto del ron- hacía las diferentes salas que componían este curioso conjunto de espacios oscuros y difusos que me hicieron difícil dirigirme hacia la barra del bar a canejear mi entrada por la última copa de la noche. Mientras tomaba mi último ron observaba la felicidad que inundaba a todo el personal: bailaran, bebieran, fumaran, se colocaran de mi formas distintas… había algo que nos unía a todos los que estábamos allí, pasábamos y desaparecíamos, nadie destacaba y cada uno a su manera, pero de forma sincronizada, seguíamos el techno-ritmo impuesto por el dj que se erguía en el centro del lugar, casi en un céretro, adulado por todos nosotros como si fuera el dios pagano que nos iluminaría esa noche. Y bien que lo hizo.

Ya dentro de la maraña humana, me dirigía sin rumbo a ninguna parte, era feliz observando todos los rostros, los gestos, las risas y las miradas perdidas, lo que hacía la unión de un puñado de amigos, los resultados de la ingesta de alcohol, lo que el éxtasis, mental, físico e ingerido, provocaba en todos nosotros. Un tipo rapado y con gafas se me acercó en el centro de un tumulto para que le hiciera un porro, decía que yo era la persona indicada, que lo había visto en mi desde lejos. Me dio algo que parecía un moco y suponiendo que fuera hachís, no daba ni para medio cigarro. Le dije que lo olvidara y no paró de pedirme que fuera a su coche, que allí tenía el resto de hachís, me tiraba del brazo así que le di un manotazo y salí por patas. Acabé chocando con un grupo de chicas jóvenes, no tendrían más de 20 años. Bailando en grupo observaban todo lo que había alrededor como si fueramos aves de presa. Pensé que el choque las enfurecería pero para mi sorpresa, un gran culo insistió en acercarse a mis nobles partes. No pude resistir la tentación de tocar la mercancía, muy suave, blanda y sinceramente, jodídamente apetitosa. No se si era realmente un gran culo o el efecto del alcohol, pero me apetecía comprobar como era el resto del cuerpo. ¿Su cara? No la recuerdo -la ingesta masiva de alcohol me produce pequeñas lagunas sobre lo menos importante que se acaba esfumando-. Para mi sorpresa, su amiga, cuyo bello rostro si recuerdo, blanco como la leche y de un rubio intensificado por uno de los focos, se acercó a mi cortando a su amiga en seco e invitándome a un baile de calidad más íntima. Me apetecía, joder si me apetecía, e invitarla a hacer una incursión por los baños del recinto. Pero ya sabéis, ese punto que se te activa atrás en el cuello, justo donde deja de crecer pelo. Lo que llaman conciencia y que normalmente nunca aparece ni se manfiesta. Pues justo en ese momento, en aquel lugar donde todos jugábamos a ser nadie, a dejarnos llevar por el instinto y no plantearnos nada, sin justificaciones, perdernos en la noche y quien sabe si en el olvido, hundir nuestra conciencia a base de drogas y alcohol… Eso es lo que quería junto a los demás pero no pude olvidarla a ella, algo me impedía acercarme a aquella chica de tono lechoso. El pecho me empezó a oprimir así que me largué sin despedirme.

Llegué a una zona de columnas donde otra rubia se fumaba un porro. Era la salvación, !la aniquilaría por fin! -la conciencia- y podría seguir unido a la masa, a los sexos, formar parte de esta mole que se expandía y contraía al ritmo de los tiempos que marcaba un barbudo dj que destrozó Smeels Like Ten Spirit de nirvana con mixes y remixes, pero que contribuía a empalmar nuestra euforía además de otros miembros. Le pedí el porro a la chica que no se negó en pasármelo para comenzar a bailar conmigo delicadamente con su larga y rubia melena que me comenzaban a ahogar el alma. A cada calada que daba, mi cuerpo reaccionaba menos, mi baile era mas descompasado y errático y notaba como ella comenzaba a mirarme con gesto de escepticismo y decepción. No soy un gran balarin, ni un mediocre bailarín, bailo de pena, las cosas como son, pero la conciencia me seguía pinchando, cada vez más y me impedía articular un movimiento de piernas, brazos y tronco que fuera algo menos que ridículo. Porro fumado, le dije adiós sin más preámbulos y salí por patas de aquel lugar. Sus cavernosas salas me parecieran que se hundieran sobre mí, como si pechos invertidos quisieran atraparme en lo que parecía una orgía de amor. No encontraba las curvadas escaleras para salir y cuanto más miraba a mi alrededor mayor era la constancia del hedor erótico que lo invadía todo: gestos, miradas, saltos, roces… había una carga sexual brutalmente contenida, con pequeñas descargas en algunas personas pero seguía vigente una búsqueda y captura de placer que se incrementaba con el paso de los minutos y las ingestas de alcohol y drogas.

Tropecé y rodé escaleras arriba hacia la salida. Mi botella de ron había desaparecido y yo con ella en dirección a la boca de metro más próxima. El servicio ya había comenzado, y el metro partía justo cuando llegué al andén. Me senté en un banco y esperé el siguiente metro tranquilamente hasta que me acompañaron dos rumanas borrachas que se sentaron a mi lado. No se que decían, no las entendía, pero no paraban de mirarme, no paraba salir de sus bocas, de sus cuerpos, de todo lo que ellas eran o al menos representaban un anhelo increible de sexo. Notaba sus miradas, me perforaban, me puse a escuchar música de mi mp3 pero no podía detenerlo en la cabeza, ese pensamiento. Llévalas a tu casa, haz una orgía, quieren gemir, quieren gritar, sus chochos están anhelantes y expectantes, llevan tiempo sin tener ninguna visita, es tu oportunidad. Pocas veces vas a tener una orgía, está bien, no son especialmente guapas pero ¿que más da? es sexo puro y duro, os vais a entregar a ello y da igual la apariencia, solo importa la técnica.

Dios, otra vez mi cuello, la nuca también, necesitaba gritar, quería tirarme a la vía del metro pero sin embargo no era capaz de moverme del banco. Evité sus miradas y cuando el metro comenzó a llegar me dirigí a la otra punta del andén para montarme. Al sentarme parecía que por fin todo había acabado, me sentía cansado, destrozado, algo en mi me estaba clavando alfileres de dentro hacia afuera cuando de repente, en la siguiente parada, entró ella: pelo rizado, ojeras, rimel negro corrido, unas piernas que no pude dejar de mirar durante todo el trayecto y una mirada que me perforaba un poco más con cada pestañeo. Comenzamos el excitante juego de perseguir nuestras miradas, memoricé las curvas que la embutían en ese trozo de carne tan jodidamente atractivo y al verla con la misma actitud que yo me pregunté a qué coño esperaba para invitarla a una copa y a mi casa.

Ya no era un dolor en el cuello o la nuca, o tal vez sí, pero casi me había habituado a el. Todo dentro de mi comenzó a hundirse, como si el asiento se fuera fundiendo al igual que un plástico que se quema y yo me fuera uniendo a el, algo me ahogaba cada vez más, llegué a no querer mirar más esos ojos oscuros y anhelantes pero no podía quitarle la mirada de encima. Me debatía conmigo mismo, no podía hacerle esto a ella, es solo un polvo, un jodido polvo por el rencor que le tenía, por una tonta discusión… de la que ella era la exclusiva autora, una discusión que me había abierto un voraz apetito sexual sobre cualquier persona que no fuera ella.

Finalmente no pasó nada. Conseguí llegar a casa, me encerré en mi habitación y me pasé dos horas masturbándome casi sin parar. Luego me eché a llorar, estaba confuso, no sabía el por qué de aquellos sentimientos que creía apagados, que solo le habían pertenecido a ella. Algo se había abierto en mi interior y lo más extraño de todo es que intuía que dentro de ella también. No sabía por qué pero tenía miedo de todo lo que iba a ocurrir.

A la mañana siguiente me despertó el móvil pero no conseguí coger la llamada. Era ella. Le respondí un tono de teléfono para que me llamara -faltaría más- mientras echaba una meda en el cuarto de baño y comprobaba en el espejo sendos granos que me comenzaban a salir en la cara, como si tuviera 16 años y mis hormonas me demandaran sexo constantemente.

Ella me devolvió la llamada algo nerviosa y enfadada, casi me hizo un interrogatorio sobre lo que hice anoche, desconfiando de mí de una forma inédita y sorprendente en ella, como si fuera consciente de lo que me había ocurrido anoche. Tras contestar a lo que parecía un sargento de policía, casi irrumpe en sollozos. Tenía que contarme algo, anoche estaba muy borracha, pero que muy borracha, no se mantenía en pié así que acabó durmiendo en casa de un amigo, ese amigo del que me habló… del que estuvo enamorada hace un tiempo… y bueno… durmió en su cama.

 

Fin de la (de)función


Estábamos sentados en una mesa de un bar, mesa que años atrás fue una máquina de coser, de esas que tienen un pedal y una anciana y cansada mujer, casi una extensión del invento. Vino para dos y dos botellas para cerrar nuestra función. Al mirarla a los ojos, por mucho que se empeñara con su discurso positivista en iluminar la ciénaga en la que sobrevivimos, no podía ocultar mi sentimiento de decepción con todo, todos y conmigo, pese a que copa tras copa, creyera que lo ocultaba y guardaba muy al fondo de mí. Tan al fondo que nunca más volvería a aparecer, empujándolo con todo mi alma que con un poco de suerte, acabaría siendo defecado a la mañana siguiente.

A la mañana siguiente me levanté enredado entre sábanas húmedas, manchadas y goteantes aún de la desesperación crónica, melancólica, a veces bucólica pero que sigue hiriendo todas las mañanas, nada más salir de mis sueños recién evaporados. Es como una sintonía de The Cure, la banda sonora que te acompaña desde que se asoma el amanecer y que solo te deja bailar unos pocos de pasos constantemente evocados, que llevan inexorablemente a las mismas preguntas. A mirarte en el espejo, quererte un poco menos, señalarte con el dedo y comenzar la retaila de preguntas al vacío, cuya única respuesta la encontramos tirándonos por ese gran pozo negro e infinitamente profundo, que nos asusta y al que respetamos, pero que nos atrae como si un par de tersas y blancas piernas de mujer se fueran abriendo lentamente…

Todos tienen fecha de caducidad, todos y todo. No existe el amor infinito y la sorpresa se evapora cuando damos el primer suspiro, el interés decae y cae cae cae hasta nosotros mismos, único objeto de interés, la excusa la razón por la que nos movemos, interaccionamos, reaccionamos y formamos parte de esta gran mentira. La belleza se acaba desgastando, lo novedoso ya es un recuerdo y lo histórico lo queremos reventar, destruir con bombas de ego y aspiraciones infundadas sobre nuestra persona, clavar la bandera, establecer el antes y el ahora, ser recordados y morir cultivando en todo nuestra esencia.

Al final te cansas. Aquel tipo que tanto te aportó, tu apoyo durante meses, con el que descubriste nuevos matices que salían del gris y con quién llegaste incluso a sonrerir se ha convertido en un gran maquina onanista, aduladora de su ser y rodeada de un halo de autocompasión imposible de romper, y que si intentas cruzar, te acabará enredando en sus viles y pastosos pensamientos. Todo defrauda, nada aguanta para siempre, la única salida es buscar, anhelar un nuevo ser, algo más que leer, un autor desconocido, una obra incomprensible, rascarse el alma y mirarla por el microscopio, creer hallar algo digno del Eureka para constatar que descubres lo que hace 400 años estaba más que confirmado. No es tan malo, a todos nos pasa igual y sería un error intentar conseguir algo más allá. Como todo, hasta nuestro planeta tiene una fecha de caducidad a la que le queda poco para expirar (afortunadamente). Sin embargo, quedan demasiados seres que no dudan en inflarse como un globo y flotar alrededor de nosotros, quienes ilusos y aduladores les observamos como si se tratara del mismísimo Dios. Dios no es más que un globo lleno de helio y ellos son nuestros nuevos profetas. Los jodidos profetas que imponemos, de los que colectaremos estampitas y cuyos libros -obras mascadas y refritas de lo que algún iluminado creó y a quién nunca se reconoció- les han permitido reinar entre la mierda. Nos dejan poder ser su inodoro, !oh qué afortunados somos!.

Será intrínseco, no tendrá explicación o es un error más de la larga lista, pero todavía sigo buscando la equidad, la virtud absoluta, la purificación en un ser que no debería de habitar entre nosotros. Tal vez esa sea la razón por la que no lo veo, o por la que no existe, o por la que escribo, sueño, me masturbo y me rompo en mil pedazos cuando creo hayarlo para enfrentarme a otro farsante más. !Vete de aquí!

Anoche fue una noche excelente, el vino no es una excusa, la compañía valía su peso en poesía y se creó uno de esos vínculos que nos permiten regocijarnos sentirnos a gusto y sonrerir felices durante unas horas sin ningún peso que nos oprima el pecho, sin ataduras para nuestra expresión, interna o externa. Todo fluye, tranquilidad… un tranquilo lago donde poder mirarme y sonreir, no hace falta tirar piedras, el puño está ya roto de romper espejos en los que me encuentro a mí mismo. Pero sospecho, preveo y eso que lo sé de veras -pero no puedo de dejar de aspirar a encontrar la equidad- que el tiempo y un flujo que se irá ensanchando más y más hasta romper los canales, harán que también forme parte de nuestra particular ciénaga. Ninguno estamos a salvo de caer en este saco, los que ya lo preveían huyeron a sus guaridas, dejaron escrito lo que consideraron importante comunicarnos y luego se fueron a por una mejor vida. Muchos a otro continente, andado, volando, por mar… otros a otra esfera, de pena, de angustia, de un tiro.

No queda ya sitio para la virtud, está todo abarrotado, no entramos ninguno más y comenzamos a mordernos unos a otros, arrancándonos lo poco que quedaba apetecible y apreciable, convirtiéndolo en heces y contribuyendo a llenar un poco más la ciénaga. ¿Cuando llegará a su límite? Me pregunto que pasará entonces, un suicidio colectivo, caerá un meteorito, nos invadirán los alienígenas o aparecerá Jesucristo hasta arriba de LSD para no entrar en depresión crónica con el espectáculo que le hemos dejado… un espectáculo que lleva ya demasiado tiempo representándose.

Por favor, suban ya el telón.

 

Salpicando de mierda, es de hace unos días, pero no tengo nada mejor que ofrecer


Erratas, faltas ortográficas, comas perdidas, comas rejuntadas, géneros equivocados, acentos que vuelan y acentos que se apelotonan.

Sin gancho ni garra, no tienes punch y el duende murió por sobredosis de setas. Tu mirada no alcanza más allá de ti mismo y de tu inflado ego, esa bola de grasa que no para de reventar y pringarlo todo de tí. No hay nada más, tú, tú, tú. Que asco das, pero como te encanta masturbarte. Te bañarías en tu semen y merendarías tu mierda con una perfecta y enmarronada sonrisa. El aliento que huye de tus entrañas y se te escapa entre los dientes es el fiel reflejo del alma que atesoras, que honor, pero por favor, no sonrías, me das asco.

Conectas las oraciones y conjugas los verbos como encajas tu vida. Faltan trozos, olvidas el principio y llegas a un final ausente de meta y de premio. Aspiras al premio de consolación, pero lo vendiste antes de comenzar la competición para drogarte un poco más en compasión, autoestima inflada y ego borracho, borracho y aburrido ya de tí. Intenta salirse de tus entrañas pero te paras en las obras y comes cemento para aguantarlo un poco más.

¿No te ves? Sigues engordando y engordando, algún día explotará definitivamente tu ego, no como las otras veces, y mucho me temo que será la última. Tal vez ese sea el lejano final, o tal vez llegue esta noche.

La inspiración se me esconde, probé debajo de la cama pero me perdí entre todos los sueños que dejé ahí aparcados, incubándolos cada noche desde mi colchón. Algunos acabarón por eclosionar y crecer, pero tuve que sacrificarlos. Les brotaban ríos de locura y un odio por todos y por mí, una desesperanza en su raíz que cuesta mucho arrancar.

Creo que todo esto puede acabar, creo, solo creo, nunca sé y nunca conozco, no preveo y lo que establezco se rompe en mil pedazos. Soy el único responsable, tal vez sea hora de comenzar a operarme. Hoy es una buena noche para empezar por el final, así acabaremos antes con el problema, o mejor dicho:

Con todo

 

Lugares detestables: la oficina de correos


Por mucho que se empeñen en encerar bien el suelo. Por mucho que se empeñen en pasar todos los días la fregona, tener buenos conductos de ventilación, una temperatura adecuada y usar una luz difusa con varias bombillas blancas que casi parecen los focos que utiliza Dios en la entrada al paraíso… Aunque pongan puertas giratorias, un payaso con nariz roja montado en monociclo que te acompaña durante tu estancia o un cómico de esos que solo saben repetir mezclas y refritos de monólogos gastados hasta la saciedad. Aunque te regalen una caja de puros al irte y te limpie los zapatos un chino mientras esperas tu turno.

Por mucho que se empeñen, nunca van a conseguir quitar esa arcada que nos produce en nuestro estomago, que se nos mete en la boca, se abraza a nuestra lengua y tarda horas en quitarse. Ese asqueamiento que nos penetra en el corazón y que de una forma u otra, nunca llega a irse del todo reavivándose cuando pasamos cerca de una de sus oficinas. Las nauseas que no podemos evitar al respirar su aire, cargado de todo ese desdén, apatía y en definitiva vacío que les acompaña.

Por mucho que intente describirlo, explicarlo y de alguna forma entenderlo, ni mil páginas bastarían para hacer imaginar a alguien qué es una oficina de correos si nunca ha visitado alguna.

Y es que, por mucho que se empeñen en intentar disimularlo de las formas que acabo de exponer y de mil maneras más, nunca, jamás conseguirán desaparecer de las primeras posiciones de ese detestable ranking. El ranking de los mayores lugares de mierda que han existido en el planeta. Y mira que es grande, han pasado años y hay lugares, pero se lo han ganado a pulso. Compitiendo con la oficina de correos tenemos los campos de concentración, los mataderos, el debate de la nación o la gala de los Goya, pero la oficina de correos siempre se las apaña de alguna forma para sacarles bastantes puntos de diferencia.

Ya en las inmediaciones de la oficina por no decir barracón o algo peor, aparte de notar cierta suciedad en el aire y un progresivo griseado de todo lo que hay a tu alrededor, la actitud de las personas que te rodean sufre un brusco cambio. Como si hubieran recordado de pronto algo muy importante que habían olvidado hacer, comienzan a tomar cada vez mayor velocidad, ya sea en la acera o buscando aparcamiento para el coche. Te miran e intentan buscar dentro de tus ojos si tú también vas a la oficina. Si vas lo saben, es algo que no podemos ocultar. Nadie va contando chistes verdes o bailando por el pasillo cuando se dirige hacía la silla eléctrica y con la oficina es lo mismo. Si vas a la oficina lo descubren, e intentarán llegar antes que tú a la puerta del fatídico lugar, tarea harto dificil ya que sí tú conoces también sus intenciones intentarás por todos los medios llegar antes que ellos. Con disimulo, claro está. Nunca verás a nadie correr hacia una oficina de correos, pero si verás a varios tipos que parece que están en una de esas competiciones en la que hay que andar lo más rápido posible hacia la meta, pero en la que si llegas a correr, estás descalificado.

Para colmo, aunque consigas llegar el primero y luego puedas contárselo a tus colegas en el bar, te encuentras ante lo irremediable, ante la seña de identidad, la definición de la real academia española de la lengua o de cualquier otro país. ¿Qué es una oficina de correos? Una larga cola, pero ojo, larga como si cogemos la primera a de la palabra larga, le quitamos sus uniones y la estiramos consiguiendo una línea tal que así: __ , algo más larga que la letra original. Luego la introducimos en una de esas prácticas máquinas medievales para conseguir información, que ojo, son mucho mejores que cualquier cámara espía, teléfono pinchado, poli duro que te zurre en la comisaría o lo que queramos pensar. Se trata de la práctica máquina medieval de estiramientos, también conocida como la máquina de la tortura. Te engancha por brazos y piernas -en el caso de la a sería por su comienzo y por su final- y te van estirando y estirando y estirando hasta que dices todo lo que quieran, sea verdad o mentira, todo vale para que te suelten del maldito aparato. En el caso de la a es complicado que diga algo de interés salvo para asesinos o amantes del sexo duro ya que solo sabe chillar con una vocal. Al final se la deja salir de la máquina quedando con un aspecto tal que así: ___________________________________________

¿Larga? Pues es poco en comparación con la cola que te encuentras en la oficina de correos. De hecho si se fijan, verán la forma rectangular y alargada de todas las oficinas a prueba de colas que además, permite que se vaya desarrollando entre las distintas taquillas. A veces, cuando llega alguien que solo quiere sacar un paquete u objeto personal de su taquilla y éste tiene un tamaño o forma particular (y no pensemos mal), se forma todo un compendio de murmullos y lucubraciones en voz baja, que mezcladas todas a la vez consiguen que no se distinga ninguna. Algo así como escuchar las palomas de una plaza cuando se les tira palomitas o cualquier cosa que se pueda comer.

Un mundo aparte son los elementos -que también podríamos llamar personas- que componen la cola. Supongamos que vamos a la oficina de correos mas moderna situada en el corazón financiero de Madrid, al lado de una avenida por la que solo pasan BMW y Mercedes y en cuya acera entre los ejecutivos, brokers y gordos empresarios puro en boca hay algún universitario de una escuela privada pidiendo limosna. Hacemos nuestra disimulada carrera contra los demás para llegar a la oficina y cuando entramos, éste es el panorama: Ni un ejecutivo. Ni una sola chaqueta o corbata. Solo hay una corbata y es de Homer Simpson. Ante nosotros desfila la cola con menos gracia y salero que hayamos visto alguna vez a excepción que vayamos a menudo a la oficina de correos. Si pensábamos que el analfabetismo estaba erradicado en nuestro país comprobaremos que no es así con el caballero o señorita que tengamos justo delante nuestra, mientras se debate en cómo coger un bolígrafo, cómo usarlo y lo más importante: qué poner y de qué manera. Da igual a qué oficina de correos vayas, es así en todas partes.

Con todos mis respetos para los discapacitados mentales y aquellos que hayan sufrido alguna disfunción mental: en la cola de correos, sumando los coeficientes mentales de todos los que van delante tuya, no da para más que conseguir que la fila no se rompa, que vaya hacia delante en lugar de hacia atrás y que tras unas cuantas explicaciones del empleado de turno, aclaraciones, notas escritas a mano, a máquina y bien memorizadas en la cabeza, se consiga que tu compañero de fila haga lo que tenían que hacer y puedas al fin terminar el recado que te ha llevado a esta patética competición en el que parece imposible llegar a tu meta (como ponerle punto a esta oración).

Al fin has llegado a la ventanilla, por fin podrás hacer algo tan sencillo como recoger un paquete o enviar un sobre certificado. Pero en la oficina de correos nada es tan sencillo como parece ya que dejaría de ser entonces una oficina de correos. Para empezar, tienes una posibilidad entre dos de que tras atender al tipo que hay delante tuya el empleado decida cerrar la ventanilla y te toque comenzar de nuevo otra cola. O si lo prefieres ir al parque, darle una paliza a alguien y volver a la cola. Se han dado casos de tumultos, peleas y hasta asesinatos en oficinas de correos, pero no se consigue instaurar seguridad en las oficinas. Con una cámara basta, una silenciosa e invisible cámara de cuya presencia te advierten en el cartel de la entrada a la oficina, si, ese cartel en el que nunca te has fijado, ni tú, ni nadie. Recoge todo lo que ocurre y sirve como prueba cuando te acusen de asesinato tras esperar 5 horas en dos colas diferentes, recibir el segundo cierre de ventanilla en tu turno y entrar en un temporal pero incontrolable ataque de cólera. Un consejo:la probabilidad de que se produzca un cierre de ventanilla aumenta cuanto más minúsculo sea el coeficiente intelectual de quien sea atendido en la ventanilla por el funcionario de correos. En pocas palabras: a más tonto, más probabilidades hay de que la ventanilla se cierre, por lo que comprueba que no tienes delante tuya a el coeficiente más bajo de toda la fila, y si es así, no dudes en cambiarte. Podrías pensar en colarte delante, alguien que apenas puede tenerse en pie y que no sabe atarse los cordones no va a suponerte ningún problema. Pero los coeficientes bajos suelen tomarse muy mal actos “delictivos” como el que te propones hacer y suelen reaccionar muy violentamente, casi siempre sin uso de la razón por el simple hecho de que nunca la han tenido. Acabará muerto y él ni siquiera irá a prisión alegando cualquiera de sus múltiples demencias mentales.

Cuando finalmente consigas llegar a la ventanilla te encontrarás con ese familiar rostro que representa a la institución del servicio público de correos. Puede pertenecer a un hombre, una mujer, llevar barba, bigote, tener acné o sufrir erupciones cutáneas, faltarle trozos de carne por la lepra… da igual, todos los empleados de correos tienen la misma cara de asco e indiferencia hacia ti. La misma mirada que no te mira, te traspasa, a ti y a toda la cola que viene detrás tuya. Se limitan a coger lo que traigas en la mano, leerlo tan rápido como si el papel o documentación que sostuvieras ardiera en llamas, dejarlo caer sobre el mostrador y comenzar entonces el ritual, a cámara lenta, desde varios ángulos, en el que se pierden entre montañas de cajas y papeles buscando tu paquete o su carta. Pasa el tiempo, y los miembros de tu cola se van a otras ventanillas donde les atienden y se marchan antes que tú. Intentas no ponerse nervioso, no quieres temerte lo peor, sabes que hay una cámara de seguridad y tienes una mujer y dos hijas que mantener. No puede cometer una locura. No ahora, cuando cierre la oficina ya es otra cuestión…

Finalmente llega el empleado, con la misma inexpresión en la cara con la que se fué y te dice como si nada: -se han equivocado al apuntar la oficina. Su distrito corresponde a la otra oficina. Está a 5 paradas de metro pero vaya mañana por que en 15 minutos cerramos, ésta y todas las oficinas. Y se te queda mirando, como si nada, sin ninguna compasión o pena por ti, con la misma cara que debe de mostrar la fotocopia en blanco y negro de la cara de un besugo pasado de fecha. Podrías matarlo piensas, tan solo meter la mano por debajo del hueco de la ventanilla, agarrarle el cuello de la camisa beis y ahogarlo. Los tipos de las otras ventanillas no se van a preocupar por él, están inmunizados, despojados de interés por los demás. El contacto con las ingentes cantidades de energúmenos con los que tienen que tratar a diario les ha arrancado cualquier atisbo de humanidad, compasión o interés por alguien, algo o por el mero hecho de vivir. No bromeo, ve a la oficina de estadística del estado e infórmate de las profesiones con índice más alto de suicidio. Te vas a llevar una sorpresa.

Al final no haces nada, le das la espalda, vas bordeando y esquivando las ya cortas colas dado que es casi de noche y están a punto de cerrar y sales de la oficina. Te diriges hacía tu coche, arrastrando los pies, con los brazos a punto de descolgarse del tronco. Es al sentarte sobre el asiento de tu choche cuando te das cuenta del dolor que invade la totalidad de tu cuerpo, las arcadas que comienzan a invadirte el estómago y a producirte esa extraña sensación en la boca a la vez que comienza a disuadirse de tu nariz ese olor. El que te estuvo produciendo nauseas durante varias horas en la cola. Al final decides cogerte un taxi, ya te pasarás mañana a por el coche.

Muchos dicen que Charles Bukowski era un amargado borracho incapaz de soportar el duelo diario contra la vida, un cobarde que no tenía lo que hay que tener para darlo todo cada día. Tuvo la suerte de poder plasmarlo en sus poemas y novelas y por fortuna vivir gracias a los beneficios económicos que le reportaba su máquina de escribir. Lo que muchos no saben es que Bukowski, hasta que comenzó a publicar relatos, poemas y a vivir de ello, se pasó más de 20 años trabajando en una oficina de correos.

Ahora os pregunto yo quién no tiene lo que hay que tener.

 

Escribe, escribe, escribe...



Tengo un amigo que me invitó el año pasado a escribir un libro con él y con dos amigas más. Más que escribir un libro de forma conjunta, se trata de una compilación de textos personales de cada uno, intercalados por dibujos, recuerdos, recortes o lo que consideremos importante. Todo al libre criterio de cada uno de nosotros. Así se fundamenta un libro que no aspira a más que a ser un recuerdo de 4 compañeros de clase, que en opinión de mi amigo -vamos a llamarle a partir de ahora Ezequiel, nombre ficticio y feo de cojones- retrata a cuatro engendros sociales que sobreviven a la podrida mediocridad actual como pueden, plasmando en sus relatos como plantan cara a una vida que no puede llevar ese nombre.

En un principio me hizo ilusión, me parecía una idea bonita y coqueta hacernos un regalo los cuatro a nosotros mismos. Del libro saldrían unos 100 ejemplares de forma totalmente gratuita -Ezequiel tiene entre otros dones como el de escribir divinamente el de conseguir grandes favores-, siendo unas cuantas copias para nosotros y algún familiar o amigo y el resto a perderse por librerías recónditas y polvorientas hasta que alguien por casualidad, cuando le hayan bajado cinco veces el precio al libro, lo adquiera y quien sabe si quedara admirado por lo que encontrara en las páginas.

Sin embargo, mi visión de esta bonita historia que cualquiera que estuviera implicado en ella podría interpretar como el inicio de una prometedora carrera como escritores y una propuesta fresca y novedosa, es bastante pesimista. Partiendo de la total libertad que tenemos para escribir y la ausencia de cualquier criterio para todo lo que se vaya a redactar o que ya esté escrito y se quiera incluir. El resultado sería tan dispar que a nadie le interesaría un libro así. Tal vez ahí radique mi pecado ya que Ezequiel no plantea el libro -pese a que todos lo tengamos en mayor o menor medida en mente- como una forma de introducirse en el mercado de las paginas impresas y darse a conocer a otras personas, si no como un mero obsequio entre amigos, un recuerdo que enseñarle a los nietos cuando desempolvemos los libros apilados en la esquina mas alta y abarrotada de la última estantería del mueble de la salita.

Pero hay algo más que me impide participar en el proyecto, y es ni mas ni menos que me aterra que mis amigos lean algo que haya salido del tecleo de mis manos. Hay quien dice y no sin razón que peco de ser excesivamente autocrítico, que soy incapaz de valorar casi nada que haya producido o hecho, ya sea en el ámbito personal o académico. Razón no les falta, tengo una autoestima por la que ruedan las bolas de polvo del suelo de mi sucia habitación, pero por otro lado soy consciente de que mi producción literaria y guionistica calzan la mediocridad y aún así el adjetivo les viene grande en dos o tres números. Lo acuso a que nunca tengo tiempo para escribir más, no encuentro el lugar, la inspiración se me fue justo al sentarme delante del ordenador…; un infinito de excusas que harían que Bukowski me escupiera a la cara alegando a su reiterada afirmación y sentencia: “quien quiere escribir, quien realmente desea escribir, lo hace aunque un volcán estalle en su casa”.

A esto hay que unirle que cualquiera que leyera el libro lo calificaría como un libro de cuatro autores, uno cojonudo del que me compraré su próxima novela o poemario, dos que no están mal y otro que lo metieron por que sería el que llevaba la editorial, por que… !menuda mierda!

Tal vez esa sea la razón por la que he iniciado este espacio y tal vez sea la razón por la que nadie mas aparte de yo y de quien casualmente -y difícilmente- encuentre este blog ,por la ya abarrotada red de blogs y bitácoras personales, conozcamos este lugar. Firmado desde el anonimato, como cualquier calcetín sudado que tenemos olvidado en la esquina del mueble de la ropa sucia. Si nadie me lee, si nadie me conoce, si nadie sabe de qué o de quién hablo, si ni siquiera se sabe donde está la realidad y donde tejo la ficción… ¿como podrán juzgarme? ¿podré escribir así sin tapujos ni miedo?

Pues claro que puedes imbécil, pero para eso no hace falta embotellarlo en un blog y llenar la red de un poco más de lloriqueos y cuentos personales de los millones que hay, para ocupar mas megas en mierda que se amontona y no importa absolutamente a nadie más aparte de a tí y tu desinflado y deprimido ego. Pero… el blog tiene algo, es más bello que un documento de word, poder leerte sobre un fondo negro que tiene aspecto impreso no da esa sensación de asco, el llanto y enrojecimiento de ojos que producen las feas páginas blancas del word sobre tu cabeza. Además puedo hacer un seguimiento de mi hábito frente a a las teclas. 10 dedos contra 28 letras. Todos me dicen que escribir es reescribir. Y si no te gusta reescribir, escribe, escribe, escribe sin parar, no mires nunca hacía atrás, deja que pasen los años y entonces comienza a leerte desde el principio. Será cuando comprenderás lo que has aprendido por el camino, antes es imposible.

No aspiro a ser escritor, pero si aspiro a convertir la escritura -al igual que han echo mis autores favoritos- en mi terapia personal contra la dolencia de vivir y soportarme a diario. A mí, a vosotros y a este mundo al que hemos despojado de sentido. Si que aspiro a ser guionista, a vivir de ello, poder pagarme las facturas y decirle a mis padres que me independizo. Pero esa historia… no os interesa, al igual que el resto de lo que cuento.

Al final el libro no se hizo. Junto a Ezequiel hay dos chicas más que se han bajado del carro editorial. Una de ellas en los últimos meses casi ha desaparecido de nuestras vidas. No se si será por todas las drogas que ha ido tomando desde que tiene recuerdos que todavía sostiene en su memoria, provocándole una semi depresión crónica a la que hay que unir la peor elección que puede hacerse de lazos sociales, amistosos y amorosos que la están llevando por un empinadísimo camino, que en comparación, el infierno parece las pistas de agua de colores de cualquier parque temático -cursi mascota, vase pato, vease ballena, incluida-. La otra chica ha caído en un profundo estado de enamoramiento y odio hacia Ezequiel que le impide desarrollar algo más que suspiros que se traducen en cigarrillos fumados en lugar de palabras.

Es una putada pero a mi me ha venido de fábula. Ya no tengo que excusarme para no colaborar en el libro.

 

Decepción




Durante el tiempo que dejé este espacio en suspensión, a la espera de que fuera corregido por un profesor, fui escribiendo algunas cosillas de las que me sentía orgulloso -en algunos casos bastante, en otros casos bastante poco-. Sin embargo, ahora que transcribo los textos, no puedo evitar releerlos con cierta decepción.

En dos meses no he mejorado como escritor, ni como persona ni como nada. Sin embargo, pese a solo haber tomado unas pocas y cortas clases en un cursi y pedantesco curso de relatos cortos, veo fallos garrafales, faltas imperdonables, gramaticales, léxicas, de las que me avergüenzo con sosiego. Confío en que haya sido mi experiencia dándole a las teclas y no el maldito curso la que me haga ver mis fallos, una gran virtud si se pretende ir mejorando.

Pero no me voy a engañar y voy a ir colgando aquí todo lo que haya ido escribiendo. Esto es un cajón de sastre, o de desastres. El diario en el que ir metiendo todos mis bártulos e ir viendo su evolución con el paso del tiempo, para encontrar los fallos sobre todo. Así que no se a que espero.

 

Segundo acto


Salí corriendo de mi propia muerte. Conseguí huir, que no es poco. Quería que mi suicidio fuera un secreto y a la vez una sorpresa, pero fui dejando pasar los días, las semanas, los meses… y en el letargo infinito que hubo desde que la idea apareció en mi cabeza hasta que por fin me decidí a ponerla en práctica todo el pueblo se enteró de mis intenciones.

Madrugué mucho aquella mañana, hice los deberes con bolígrafo de tinta negra y me aseguré de lavarme los dientes. Estaba todo pluscuamperfectamente planificado, pero al dirigirme a la horca de la plaza del pueblo y pese a lo temprano que era que hasta a las manillas del reloj les daba pereza mover el tiempo, todo el pueblo estaba esperándome. El alcalde, mi médico, los vecinos con los que me llevaba bien, con los que peleaba, vecinos que hasta desconocía. Había venido hasta un retratista del pueblo vecino a retratar el momento en que me vencería la agonía de la soga.

Me mee encima.

No podía creer que estuvieran todos allí, absolutamente t o d o s, donde cada letra alberga por lo menos 100 personas. 500 pares de ojos, 1000 pensamientos dirigidos hacia mi. Tardé 21 años en conocer a solo la mitad de este maldito pueblo y ahora todos estaban expectantes ante lo que mis confesiones de borrachera durante las madrugadas y el maldito boca a boca les hacían presagiar en aquella plaza. Congregados como si nunca antes hubieran tenido otro motivo más importante para reunirse, expectantes y anhelantes de…

Me fui corriendo. Corrí y corrí durante horas y nadie se preocupó en seguirme ni en preguntarme que había pasado. Tal vez se lo esperaran o tal vez les diera igual, simplemente sucedió lo que tenía que ocurrir.

Ahora han pasado varios días y he conseguido hospedarme en este lugar. He cambiado mi nombre, nadie recuerda ya mi dirección y tengo la certeza de que aquí no seré molestado. Tendré al fin la calma y tranquilidad que siempre predico y promociono pero que nunca aprovecho. Hasta ahora.

Empieza una nueva aventura. No se que caminos tomaré, si para cenar pediré vino o me conformaré con un poco de agua. Tal vez me olvide de mí y todo esto no sea más que un poco mas de basura apilada en la puerta de mi habitación. Sin conseguir alcanzar de nuevo el pomo. Con las persianas echadas y la ventilación tapiada. Tal vez sea todo eso…. o tal vez no. No confío en el confiar pero confío en que así sea.

Sobre mi­:

  • I'm Silencio
  • From Spain
  • Dificil escribir algo concreto en un espacio tan pequeño. Una cosa está clara: soy aprendiz de guionista, o estudiante si lo prefieren, pero suena mejor lo primero no me lo nieguen. También estudio "comunicación audiovisual" un nombre impreciso para una carrera poco clara. Este blog nació como una práctica de la facultad y se me fue de las manos. Ahora lo uso para guardar todo lo que me avergüenzo de tener en mi ordenador. No escribo sobre nada en concreto, no soy periódico ni constante con el blog ni con nada de lo que hago, apenas se escribir tres palabras que guarden sentido... ésto es de todo menos un blog. Pero estoy agusto con en él, fíjate qué cosas.
Perfil completo