28.7.08 

Activando la bomba

Pasan los años e inexorablemente muchos vínculos se acaban rompiendo, otros solo se debilitan y un pequeño grupo los maltratamos con regustillo, pese a que años atrás eran de gran peso en nuestra limitada vida (familia, amistades, compañeros de trabajo) y que ahora, con la vejez, la experiencia y la mordaz de los años, montaríamos con gusto en nuestra catapulta social para mandarlos lo más lejos posible de nuestra área de relaciones. Sin embargo esa catapulta no deja de ser imaginaria y muchas veces asistimos a auténticos reencuentros separados por hasta medio lustro que son inevitables y que hay que ingerir con grandes cucharadas de diplomacia y sangre fría, a la vez que hacemos gala de nuestras habilidades sociales e interpersonales más repugnantes.

-!Que de tiempo! (abrazo y palmada), !si te veo por la calle no te reconozco!
-Yo a ti sí, no has cambiado nada. Y es verdad, tan solo estás mas arrugado y canoso, hasta con un cierto aire enfermo, pero tu cara es inolvidable.
-Pasa, pasa, estábamos preparando la cena. Hemos echo una ensalada, pero creo que pediremos pescado frito ya que tu vienes, nosotros estamos todos a dieta pero...
-No me importa, si yo también estoy haciendo dieta y deporte, los años no pasan amigo hay que cuidarse... ¿Pescado frito? ¿Cuando no hemos cenado pescado frito? Si solo coméis pescado y bebéis vino.
-Y tanto, pero no nos importa, eres nuestro invitado...

Y así se sucede una interminablemente estúpida discusión sobre una cena cuyo contenido es completamente indiferente frente a los comensales que la contienen, donde hay mucho que decir, demasiado incluso, muchos sentimientos encontrados y muchas verdades, duras, feas, algunas inconfesables que deberían de aflorar y forjar aquellos lazos que nunca se debían de romper, pero que permanecen ocultas y guardadas, tal vez por temor, tal vez por duda ante una situación que se convierte en idílica gracias al vino que comienza a servirse como si de una cascada infinita cayera sin cesar.

Una vez que el estomago está a rebosar, el hígado bien refrescado y todos bien cocidos,con la mente lo suficientemente adormilada como para olvidar por unas horas todos nuestros reproches y heridas e ingerir sin problemas cualquier tema de conversación del que no tenemos el más mínimo interés, se hace mucho más llevadero seguir el día a día de los cuatro últimos viajes que han echo al extranjero los Perez o la dieta a la que someten a su hijo obeso, que esa noche se encuentra en un campamento de salud y deporte, o lo que es lo mismo, corriendo y comiendo corriendo y comiendo... un dos, un dos pero con solo 50kc en cada comida.

Cuando el alcohol ya empieza a evaporarse de nuestras cabezas y comienza a invadirnos la irrevocable realidad que nunca se fue, aunque sonáramos por unas horas que se había largado muy lejos de la mesa, son inevitables esas muecas etílicas que involuntariamente escapan de nuestra expresión y que todos intentamos no ver pero que sabemos que están presentes en todos y cada uno de los comensales. Torpes y desmañados intentos de los presentes por acercarnos a quienes están ya demasiado lejos, alguna muestra de afecto burda y hueca que sale de nuestros labios o realizamos con nuestro cuerpo, y que nos deja la espalda helada para nuestra sorpresa, minutos de silencio que van colándose entre los platos vacíos y las copas todavía a rebosar, que suben por nuestros brazos para posarse en los hombros y decirnos al oído: ya está, no se puede hacer nada más. Se destapan bostezos, se hunden las ojeras, los cuerpos caen rendidos, cuelgan de las sillas como si fueramos muñecos de trapo, y que como nuestra cabeza, no pueden seguir luchando más por una batalla que hace mucho que perdimos.

Pensamos gustosamente quien es el culpable, quien de ellos por supuesto, con el índice señalando y casi colorado, pero tímidamente no nos queda otra que recoger el dedo como si tiráramos de un sedal y admitir con vergüenza que el culpable se encuentra posado sobre todas las sillas que rodean esta mesa, hace unas horas apetecible, y que ahora nos insta a marcharnos con pavor y ensombrecimiento en el alma.

Nos acompañan hasta la puerta, comentamos que bella es su casa, el nuevo color de la entrada le da un toque más acogedor y ese guarda paraguas es una muestra de un gusto e.x.q.u.i.s.i.t.o, les dirigimos una última sonrisa que sale sin problemas una vez en la calle, cuando la oscuridad no permite ver nuestra mirada añorante y húmeda, única muestra de la explosión emocional que hace poco tuvo en nuestro interior y que esta noche en la cama va a hacer que la cena sea especialmente indigesta. Una vez que cierran la puerta de su hogar y estás ya en tu coche, por fortuna te invade una sensación de gozo y alivio mientras te diriges a tu casa. Todavía quedan otros 5 años para que vuelva a estallar la bomba emocional que está en este momento abrasando tus entrañas.

 

!Tonc!


Todas las tardes, a las 9, me monto sobre dos horteras zapatillas deportivas, y haciendo gala de esas camisetas que pueblan los fondos olvidado de los armarios y que volvemos a ver cada muchos años con cierta nostalgia, en situaciones como las obras de casa, pintando el garaje o como es este caso, para usarlas de esponja maloliente que absorba toxinas, parto corriendo hacia una playa atestada de humanidad durante el día pero que cuando el sol se prepara para tomar su descanso, queda apolineamente desnuda, esperando a que vuelva a indagar en ella una vez más.

No soy el único que decide correr a estas horas, y desde luego no soy el único que lo hace en esta playa. A los rezagados que aguantan intentando absorber en sus pieles los últimos rayos del sol hay que sumarles otros individuos que no tienen nada mejor que hacer que acompañarme en la campaña de correr, y estropearme así en muchas ocasiones mis estampas favoritas, que pasan a ser compartidas, y en muchos casos, violadas.

No comparto mi ruta, y a quien aparece por ella intento evitarlo a la mayor distancia posible. Si por un casual sigue mi ritmo y acaba por acoplarse a mi rutina, rompo a correr con una aceleración bestial hasta dejarlo suficientemente atrás, o si no, comienzo a descender mi ritmo hasta que por mucho que vuelva a acelerar sea imposible tener un encuentro con el otro corredor. Mi pasión por correr en soledad y evitando cualquier contacto humano consigue enajenarme en un paisaje diferente al que recorro fisicamente, hasta que suceden cosas como las de hoy.

!Tonc! Así suenan dos cabezas al chocar. Tirado en el suelo miré con ojos cargados de odio al causante del accidente, o mejor dicho, al otro causante del accidente. Admito que no tuve miramiento alguno en ocultar o al menos disimular las llamas de enfado que salían de mi mirada y que en poco tiempo acabarían por quemar a ese calvo con bigote que se rascaba su brillante cabeza y que miraba a todas partes como si no comprendiera donde estaba, que hacia y qué había pasado. Viendo su horrible chandal morado estaba claro que había ocurrido.

Tras mirar desconcertado a todas partes como un pichón que cae de una rama, repara en mi figura y sobre todo en mi mirada. Intenta levantarse con los brazos pero desiste, vuelve a mirarme más confuso si cabe y tras dar un respingo comienza a llorar, de golpe, como si le hubiera dado al play de una cinta interna con los llantos que desprendía en su niñez más porculera. Pero algo diferente tenía ese llanto ya que rápidamente me invadió una extraña sensación de compasión y de maternidad, hacia un tipo de unos 30 años, calvo como una bombilla y con un bigote digno de un forzudo de feria. Me levanté, me acerqué frente a el y le tendí la mano a la vez que le ofrecía mi cara más amigable. El tipo me tomó la mano, se impulsó hacia arriba y me abrazó para llorar todavía más en mi hombro. No pude reaccionar de otro modo y me quedé hierático, electrocutado por una desconocida sensación que me surgía del instentino y que se tambaleaba por mis tripas hasta llegar a mi garganta.

Por el extraño mejunje que se estaba formando entre nuestros cuerpos dado el sudor que desprendíamos a raudales, y por los elásticos mocos que vi incrustados en su nariz al separarse él de mí y que se habían mudado a uno de mis hombros, era fácil pensar que la sensación que tenía era simplemente asco. Sin embargo en lugar de reaccionar como acostumbraba ante cualquier fuente que me produjera esa sensación (violencia física, violencia verbal, violencia, violencia, violencia), no pude más que preguntarle: ¿Pero qué te ocurre?

Ante la pregunta el tipo pega un gran bote y comienza a caminar rápida y descompasadamente a mi alrededor, dando vueltas y vueltas, quitándose las lágrimas con los puños y llorando más a causa del sudor que se restregaba en los ojos, murmurando, farfullando algo incomprensible a la vez que su bigote subía y baja rápidamente como un topillo en su madriguera. Finalmente paró de girar a mi alrededor y dijo: Necesito correr, necesito seguir corriendo, no puedo parar, !Necesito correr hasta que esto termine!.

Su bigote se erizó entonces y pude apreciar en su cara el rostro de una persona a la que algo que desconocía y sigo son conocer le había herido profundamente. Algo ante lo que no te queda más opciones que llorar y llorar esperando que las lágrimas saquen poco a poco las partículas de hierro y carbono de esa gran bola de acero que se te incrusta en el pecho y con cuyo peso tienes que cargar a todas partes. Este tipo tenía dos opciones: llorar hasta morir de pena mucho antes de que la bola se hubiera fusionado a liquido gracias a las lágrimas, o correr sin parar, correr sin meta ni esperanza, tan solo acompañado por rios, mares de sudor que va dejando atrás y que poco a poco van vaciando la pesada bola.

No lo volví a ver, la última imagen que tengo del calvo bigotudo es el rió de toxinas que fue dejando tras de sí, pero estoy seguro de que cuando paró sus piernas no le quedaría lágrima alguna que poder hacer caer por su mejilla y con la que humedecer su poblado mostacho.

Tras este inesperado encuentro, dejé inacabado por primera vez un ritual que llevaba practicando más de 5 años de forma ininterrumpida, lloviera, nevara o cayera un meteorito. Me acerqué a la orilla del mar, me quité la camiseta y las zapatillas y me tumbe sobre las finas olas y la arena húmeda, bañado por las olas que consiguen salir lo más lejos posible de su húmedo hogar para acabar desapareciendo y siendo absorbidas de nuevo por su esencia marítima. Las olas no pueden escapar del mar, el calvo bigotudo no podrá escapar de la tristeza, ya que aunque consiga llorar la bola de acero, su cuerpo quedará para siempre marcado por el impacto de ella como si de una bomba nuclear se tratara, cuya radioactividad jamas desaparecerá, y yo, por mucho que siga corriendo, por mucho que me bañe en endorfinas cada vez que llego a casa tras correr y baile con la ducha fría, por mucho que lo siga intentando, jamás podré huir.

De esas expresiones, de los sentimientos, de vivir, de la levedad, de la impotencia, de la culpabilidad, de la ignorancia y la incredulidad, de la insatisfacción, de la melancolía, del encogimiento de hombros, de los anhelos, de los suspiros, del recuerdo bañado en rosas, de la amada ficción, de la insoportable realidad, de las palabras huecas de un trozo de papel, de la incomprensión de la voz humana, de la pudredumbre de nuestras almas riéndose de si mismas, de todo lo que hemos sido, de todo, de absolutamente todo aquello que intento sellar con cemento en el desván de mi mente cada vez que comienzo a correr más y más, aumentando la velocidad, aumentando los kilómetros, enfrentándome con mi cuerpo, maltratándole hasta que sude mi alma gorda y maloliente, hasta que todo quede atrás y llegue a ese punto blanco, donde solo hay unos grandes labios rosados, que me toman entreabiertos y me besan matándome, engulléndome y dejándome prisionero, enredado en una gran melena rizada de mujer, donde no respiro oxigeno si no esa sensación que tenía con 15 años, cuando quedaba por primera vez con una chica guapa, pasaba a recogerla, y ella recién duchada me hacia caminar por aceras de nubes de caramelo, con el aroma de su pelo, con el perfume de la esperanza, incrédula pero entonces tiernamente inocente, dulce esperanza la de entonces.

25.7.08 

Engranajes engrasados

Ella me dijo que por que no seguía escribiendo, que era lo que iba tan mal como para que ya no pasara noches frente al teclado del ordenador, para que dejara aquello que meses atrás era mi vida y que ahora no me importaba más que cualquier vulgar pasatiempo, como un matemático sudoku o un lingüístico crucigrama.

-La verdad es que escribir me importa ahora una mierda, le dije. Ella me miró sorprendida, aunque menos que hacia un rato, cuando le confesé que mis dos meses libres de verano los iba a liquidar durmiendo por las mañanas y jugando con mi nueva videoconsola por la madrugada, esa de las dos pantallas.

-No me malinterpretes, no lo digo solo por lo de los relatos y los cuentos. Los guiones también, especialmente ese del corto que quería grabar este verano pese a saber que apesta más que la basura orgánica de un sucio contenedor a pleno sol de agosto. En el fondo..., joder, en el fondo ¿de qué valen?

Me miraba algo apenada, como si la transformación que presentía absorberme cuando aun no nos veíamos y nos limitábamos a berrear por el móvil se hubiera completado ahora que estábamos juntos en la misma ciudad, cara a cara, semi a oscuras en aquel bar de maricas de diseño, demasiado modernos para ir a un bar elegante de ambiente, demasiado rácanos para no ir a una vieja tasca a la que le colgaron el cartel de pub, iluminados solo por el ardor de nuestras mejillas que se reflejan en las botellas de cerveza acumuladas en la pegajosa y coja mesa de madera que separaba nuestros cuerpos, como un arbitro entre dos jugadores de boxeo que llevan ya demasiadas rondas jugadas y que no tienen claro si han acabado por amarse o se odian más de lo que es habitual en un largo combate.

-Dos cervezas más por favor, una Hekineken y otra de las baratas dije con la lengua algo suelta al camarero.

-Entendido

-¡Pero no te lleves los botellines joder!, déjalos aquí, me gusta que me acompañen mientras bebo.

-Como quiera, dice el camarero algo extrañado.

-Me mira raro joder, le digo a ella. Pero parece que no me escucha.

-¿Por qué no quieres escribir?, me vuelve a preugntar.

-¿Y por qué tendría que escribir? ¿Acaso no hay miles de cosas mejores que eso? No me apetece perder el tiempo arrancándome los sesos y tirándolos contra la pared, exprimiéndolos, secándolos al sol y volviéndolos a meter en mi cabeza un poco más limpios pero mucho más tristes para que lo poco o mucho que hayan escupido durante su viaje. No quiero pasearme 20 años como aquel, aquel y aquel escritor que no conocemos y que no hemos tenido el placer de visitar, suplicando que le publiquen al menos un artículo en la revista literaria de moda, o imprimiendo poemas e intentándolos vender de bar en bar, una vez aprendida bien la pose y el gesto del poeta, la mirada de esto es lo máximo que he podido ofrecer a la vida y solo tú vas a poder descubrirlo. No joder, paso.

No quiero convencer a nadie de que mi guión es demasiado fantástico para llegar nunca a ser rodado, de que aquí en España somos demasiado catetos como para apreciar mi cine post-post moderno que a Tarantino le haría temblar aún más la mandíbula, farfullar con que solo me quedan unos últimos ahorros para irme a Hollywood a la gran aventuras como tantos otros, tomarme allí una última cerveza sobre la tumba de Bukowski y gastarme lo poco que me quede en 2 semanas cruzando largos pasillos tras los que no me esperan mas que puertas y más puertas cerradas de productores, actores, guionistas, parados, escritores e individuos como yo, que me miran escépticos esperando a que termine de contarles mi gran historia para mostrarme sus 10 guiones revolucionarios que todavía nadie se ha molestado en echarles un vistazo como es debido, y para acabar volviendo a casa y pudrirme junto a muchos otros clones de nuestra miseria llamada ambición, mientras estoy en la cola del cine esperando ver la próxima película que habrá que ver, o entrando en la discoteca donde debemos de ir si queremos ser alguien y diga resoplando: es que este mundo no funciona bien joder, es imposible sacar cabeza entre tanta basura, ya no se sabe apreciar que es lo que vale, solo sirven contactos y enchufes (resoplido doble).

Prefiero seguir masturbándome en casita, viendo películas en Antena 3 que me reafirmen mi buen gusto y criterio al poder criticarlas con 25 argumentos imbatibles y jugando a videojuegos en los que acabo salvando a la princesa y batiendo el último record que un Koreano colgó en Internet.


De esta conversación que tuvimos y de todo lo que vivimos juntos durante aquel encuentro en Barcelona han pasado ya semanas. Al final me animé a seguir escribiendo o al menos a intentarlo y no precisamente por que haya cambiado de opinión en tan poco tiempo. Poco después de esta conversación me relató su aventura con un atractivo escritor al que le cedieron una beca durante un año, gracias a la que solo tenía que preocuparse por escribir ya que todo, absolutamente todo lo demás que nos preocupa o que nos atrapa sin remedio en esta aventura llamada vida estaba pagado por la universidad. Y el tipo en cuestión escribió, escribió mucho, muchísimo, una novela y muchos textos sin pretensión alguna salvo la de satisfacer a su creador. La novela es buena, muy buena, sin embargo no se la publicaron y del resto de textos mejor no hablar. Algo incomprensible al ausencia de un editor dada la calidad del muchacho, pero no desiste, y como muchos otros sigue buscando alguien que le publique y que sabe que algún día llegará.

No se si follará igual de bien que escribe, no tuve la delicadeza de preguntárselo pese a que había más cervezas que superficie vacía de la mesa cuando me contó lo de su aventura, pero tengo que reconocer que es una chica lista y ha sabido conseguir que vuelva a escribir. Sigo pensando lo mismo sobre el acto de escribir, pero los celos y la envidia son uno de los principales engranajes del ser humano, y solo por intentar que me publiquen algo antes que a él o por demostrarle a ella que puedo escribir tanto o más que su amante literario, me meto hasta el cuello en el asunto.

Y es que joder, ¿Quién necesita una beca para escribir? ¿Acaso Borroughs fue un apadrinado de la Universidad de Oxford?


24.7.08 

Futuro

Fue en el pabellón 3214, o 3212, no lo recuerdo bien y aunque quisiera no podría enterarme de cual era. Llevábamos varios días notando el aire algo más emponzoñado que de costumbre, a algunos de los mayores les costaba más respirar y la abuela Laura sufría algunos mareos durante el día. Preguntamos a los administradores del pabellón si ocurría algo pero nos dijeron que todo andaba en orden, se estaban renovando los purificadores de aire y durante unos días había un purificador que no funcionaba mientras se retiraba y se instalaba el nuevo modelo.

Sin embargo, dos días después la situación era irrespirable. A una hora cercana a cuando el sol se solía poner por el horizonte, todos los mayores del pabellón comenzaron a toser violentamente, a muchos les lloraban los ojos y se sentían más débiles que de costumbre. Pronto a todos nos lloraban los ojos y sentíamos nauseas constantes. Los encargados de las distintas secciones del pabellón fueron a quejarse a los administradores pero estos no se encontraban en su punto de información. La puerta de salida se encontraba cerrada completamente y habían desaparecidos hasta aquellos guardias de trajes metálicos y armas grandes. La abuela Laura se encontraba muy mal, apenas podía respirar y yo no sabía que hacer. La cogía de la mano y esperábamos sentados en la parcela mientras mamá y papá preguntaban a los administradores. Vinieron tristes y dijeron que pronto se limpiaría el aire, que era algo momentáneo, sin embargo yo había escuchado a los vecinos gritando que no había nadie en la salida, que estábamos encerrados como ratas. No era muy difícil escucharles, aunque no chillaran y simplemente se susurran secretos al oído. En el pabellón no tenemos paredes, solo un gran techo y 4 gruesos muros que nos protegen del exterior. Mamá y papá dicen que es mejor, es más divertido poder ver a todo el mundo, así estamos más unidos según ellos y podremos plantarle cara a los de arriba algún día, aunque no saben cuando. No hay paredes pero si que hay cámaras, arriba en el techo, muy lejos, tanto que es imposible tocar alguna o alcanzarlas siquiera pegando un gran chute a un balón de futbol. Si nos reunimos muchas familias para hablar de algo, sea sobre los de arriba o sobre cualquier otra cosa, la salida se abre y llegan más guardias de traje metálico que nos amenazan con echarnos al exterior o dispararnos. Recuerdo una vez que dispararon después de un tumulto que se formó cuando una familia utilizó una tiza para ampliar los límites de su parcela y comenzó una pelea entre dos familias y otras tantas que apoyaban a unos y otros. Las dos familias fueron expulsadas al exterior y un par de habitantes del pabellón que se quejaron recibieron dos disparos en las piernas. Uno murió desangrado, su familia no tenia medicinas y las familias que tenían vendas y curas habían defendido al bando contrario de la trifulca.

Los megáfonos del pabellón situados junto a las cámaras están haciendo ruidos extraños, siempre los hacen cuando los de arriba quieren hablarnos de algo importante, como si se estuviera sintonizando una radio de las del antes. La gente se lamenta cuando se comienzan a escuchar los ruidos de los megáfonos, nunca se usan para comunicar algo bueno, realmente nunca nos han dicho nada bueno, la última vez fue para cambiar de pabellón a 500 personas por ausencia de recursos para todos. Dieron un listado de nombres y dijeron que si no se presentaban en una hora los 500 en la puerta de salida con meticuloso orden, se elegirían al azar los restantes por los guardias. No hizo falta, nadie quería cambiarse de pabellón y todos obligamos a quienes conocíamos a presentarse en la entrada. Dudábamos que fueran a irse a otro pabellón pero prefiero no pensar donde acabaron. Desde entonces apenas quedan personas mayores y enfermas en el pabellón, los 500 más aptos para mudarse de pabellón eran las personas más mayores así como los más enfermos o débiles entre nosotros. Por suerte no se fueron todos los mayores, aunque el abuelo tuvo que marchar. La abuela desde entonces está muy triste y ha adelgazado mucho.

La voz de entonces suena en el megáfono, dice que ha habido una rotura en uno de los canales de aire debido al cambio de renovadores de aire y que han tenido que apagar todo el sistema de limpieza y renovación de oxigeno. Nos anuncian que la situación durará poco tiempo pero que precisan de nuestra colaboración si no queremos que tengamos que mudar a más miembros de nuestras familias. Una mujer joven ha comenzado a llorar y los rostros de todo el mundo toma un tono preocupado y todavía más grisáceo. Nos piden que nos tumbemos y que no nos movamos. Para que se consuma menos oxigeno y que el aire no se contamine completamente tenemos que estar tumbados e intentar dormir. Si alguien se levanta o se dedica a hacer movimientos bruscos que hagan consumir más oxigeno del necesario vaciarán la mitad del pabellón. Lo hacen por nuestro bien así que más nos vale obedecer.

Papa me indica que me tumbe en el suelo con los demás mientras se oyen algunos murmullos e insultos, pero todo el mundo se tumba. La abuela está muy triste y le caen lágrimas de los ojos, me agarra la mano más fuerte. Los megáfonos dicen que van a apagar las luces para facilitarnos el sueño, aunque siempre las apagan varias horas antes de la hora de dormir. Dicen que estarán apagadas aproximadamente un día, el tiempo que necesitan para que vuelva todo a funcionar con normalidad. Si intentamos hacer algo extraño en la oscuridad nos verán ya que las cámaras son de infrarrojos, y entonces vaciarán medio pabellón.

Aunque ya han pasado varias horas no tengo sueño. Nadie habla en todo el pabellón pero estoy seguro de que casi nadie está dormido realmente. Es muy aburrido y muy incómodo, ni siquiera he tenido tiempo de prepararme el saco de dormir sobre el aislante y estoy apoyado en el brazo de mamá. Quiero que esto acabe pronto, es más, me gustaría salir al exterior y ver lo que hay. Cuando todo se estropeó yo era muy pequeño y no me acuerdo de cómo era el exterior antes. Solo recuerdo como es ahora gracias a alguna vez que hemos salido a otro pabellón por mudanza o controles de los de arriba, pero no he visto nada mas allá de lo marcado por los tubos que conectan los pabellones con los edificios

Quiero salir fuera, aunque papá y mamá digan que soy tonto y que tendría que estar agradecido de poder vivir aquí. No estoy de acuerdo, solo quiero saber si realmente solo se puede vivir aquí y donde viven los de arriba. Ellos son muy diferentes a nosotros, de eso no hay duda, aunque no creo que las diferencias sean demasiado grandes, solo estamos los de abajo y los de arriba, y todos éramos iguales en el pasado según cuentan...

15.7.08 

Y mientras miro tu culo y disfruto de tu respiración dormida

Aquí estoy, con un ojo en la pantalla del portátil y otro en tu culo, concretamente en lo que me deja ver ese minúsculo pijama tuyo de verano. Hecho un ovillo en la cama para no despertarte con mis suspiros, con el teclear de las teclas o con la luz blanca que desprende este feo procesador de texto.

No puedo dejar de preguntarme que nos deparará el destino, ¿qué destino?, supongo que el que forjemos, o el que forjes. Después de todo yo ya tengo claro cual va a ser mi papel en esta extraña partida que comenzamos a jugar hace ya tantos años y que en tan solo tres semanas atrás daba por terminada. Vine a visitarte entonces, te embadurné de flores y perfumes, te besé las puntas de los dedos de los pies y te hice el amor como un amante y no como una pareja.

Suplicas enterradas bajo el papel de regalo que envuelve estos suspiros por conservar lo que yo solito fui talando día a día, durante las frias tardes de marzo y abril, cuando creía, ¿en qué creía?, en algo más allá de ti, que tras buscarlo, vi como se esfumaba como la alucinación que siempre fue, el delirio de un loco que cree que hay siempre algo más allá en su vida, mas allá allí en la nada, donde de nada se puede sacar todo y donde todo lo que encontramos no es más que arena negra resbalando de nuestras manos.

Tan solo me basta con escarbar cada día un poquito más en ti, mamar de tu saliva para alimentarme unas horas más sin refugiarme en recuerdos de blanco y negro, y sin embargo poco más puedo hacer ahora que seguir mirando tu culo y tecleando, viendo como pasan los minutos y abnegarme en definitiva a que pasen los días y los meses para comprobar si me tomas como una peonza en tu baile o decides finalmente tirarme por el desagüe como un aceite ya demasiado usado del que no se puede sacar ya nada de provecho.

Mañana cuando despiertes y vayas al trabajo me besarás, y si no lo haces ya me encargaré yo de hacerlo por ti. Hasta que no apartes tu cara de mis labios tras pasar una noche soñando con tu conciencia y tus anhelos, conservaré esperanzas de poder volver a plantar una semilla en la tierra de aquel roble que juntos hicimos crecer y que acabé talando idiosincrásicamente borracho de necedad, como no, para variar.

Sobre mi­:

  • I'm Silencio
  • From Spain
  • Dificil escribir algo concreto en un espacio tan pequeño. Una cosa está clara: soy aprendiz de guionista, o estudiante si lo prefieren, pero suena mejor lo primero no me lo nieguen. También estudio "comunicación audiovisual" un nombre impreciso para una carrera poco clara. Este blog nació como una práctica de la facultad y se me fue de las manos. Ahora lo uso para guardar todo lo que me avergüenzo de tener en mi ordenador. No escribo sobre nada en concreto, no soy periódico ni constante con el blog ni con nada de lo que hago, apenas se escribir tres palabras que guarden sentido... ésto es de todo menos un blog. Pero estoy agusto con en él, fíjate qué cosas.
Perfil completo